AGUAFUERTES DE LA PESTE. Efecto Rashomon

LA PESTE EL BOSCO 2

Escribe J.J. Ayala Andersson desde Estocolmo. La mixtura de nombres hispanos con ciudades europeas se ha afianzado en esta serie de crónicas pandémicas. Quizás la causa puede rastrearse en las diferentes plagas y diásporas (políticas, represivas, genocidas, económicas) que asolaron desde siempre a toda América Latina. Compartimos el relato de Ayala Andersson en un momento en que Suecia se enfrenta a las consecuencias de sus políticas sanitarias ante el embate viral.

Mi hermana trajo a una compañera de Facultad para estudiar de manera intensiva durante un fin de semana. Supongamos que mi hermana es Ariadna y la amiga se denomina Hadarah, una flaca de pelo negro lacio hasta los hombros, y con silencios provocativos.

A nuestra madre la decisión le pareció excelente. Bauticemos a mamá como Celeste. Yo podría ser Horacio o Kevin o Gustavo. Salvo el perro, llamado Cuco o Conde o Satán, no había hasta entonces, otros habitantes en la casa. La casa hay que imaginarla en un barrio suburbano con calles arboladas, pero también se la podría ubicar en el centro de la ciudad en medio de negocios, comercios y galerías. En este caso no habría vegetación frondosa, sino carteles y pizarrones en la acera de ristoranes, con el menú del día.

La chica nueva, a quien nunca vimos antes, dijo que vivía lejos. Yo comenzaba la Universidad, ellas que eran mayores, estaban terminando sus carreras. Estos últimos datos son absolutamente ciertos, y no se pueden cambiar.

Ese domingo, aunque tal vez fue el lunes, se declaró la cuarentena por el maldito virus, y nadie pudo salir del domicilio. Tuvimos que adaptarnos. Mamá se puso a fabricar vinagretas, ellas -las chicas- a conectarse por Internet a clases de apoyo, la mascota a correr sin sentido por el pequeño patio, mientras que yo me mudé a la sala y dejé mi cuarto a Sofía o tal vez deberíamos citarla como Luly, la recién llegada.

Cinco días después Cure La Jeune, o sea mi hermana, estaba bastante histérica por la reclusión, pero la novedad fue su compañera, la del flequillo cortito y los ojos desorientadores: comenzó a tener fiebre. Blue Clair o Mía-Mom, dejó los pickles y el pan casero, y llamó por teléfono a las Autoridades para activar el protocolo sanitario. Vinieron austronautas en dos vehículos terrestres. Hicieron lo debido velozmente, dejaron órdenes tajantes y se fueron. Había que esperar el resultado de los análisis. Todos teníamos que estar adentro de la casa, con barbijo y lavarnos las manos cada diez minutos.

Shakira estaba en la cama con dieta líquida y mucha agua, mientras mi hermana a dos metros buceaba en la computadora; la Buena Dama, meine Mutter, resignada a la época de caos que le tocó en suerte desde niña, se entregaba a las tareas domésticas para huir de la violencia de los noticieros; yo leía; mientras que zu Freund, el Peludo Sagaz, casi no se lo sentía. Posiblemente haya olido que los humanos, más allá de esta pandemia, estábamos en la etapa terminal de una enfermedad incurable.

Poco después nos avisaron que los estudios de laboratorio dieron negativos y que volverían por otras muestras más adelante. La huésped mejoró. Estaba más delgada y hermosa, algo pálida, pero con un brillo especial de origen ignorado. Volvió al escritorio de my sister, y las dos a estudiar con frenesí. Yo les decía que no se apuraran, que daba la impresión que el mundo se estaba acabando. Pero ellas se reían, enfrascadas en teorías y especulaciones que, para mi, sinceramente, eran de otro siglo, no del anterior, sino de más atrás en la historia.

Pasaron dos semanas o tres, quizás hayan sido cuatro o cinco, no sé, porque el tiempo deja de fluir en el encierro. Yo viajé de Antígona a Hamlet; y de Dostowieski, a Padura, a Vila Matas, a otros autores y volúmenes que me estaban esperando con paciencia de estante; y a mirar películas en blanco y negro de la centuria previa que me parecieron mucho más bellas que las últimas cintas, con efectos especiales.

Un viernes, recuerdo que era viernes porque El Malevo suele rascarse más en ese día, volvieron los viajeros del espacio y volvió el hisopado para Sherezade, la Cenicienta, la Capitana América, y este susodicho. La cuarentena se iba terminando para todo el mundo, y quizás para nosotros. Al día siguiente íbamos a tener los resultados.

¡Exacto! El sábado llegaron las buenas noticias: todos negativos. Es una señal increíble que algo negativo sea bueno, pero así era la cosa.

En la tele del domingo adelantaron a los desesperados reclusos de toda la ciudadanía que al otro día habría medidas de alivio para la población y que se iba a poder, con ciertos recaudos, salir a la calle. Esa noche, posiblemente ya era lunes, abrí muy lentamente la puerta de mi pieza y la cerré con cuidado, levanté las sábanas y, con el mayor de los silencios, me acosté al lado de Eva Karenina. Y me apreté a ella, sin ninguna palabra. Ella se apretó a mí, sin decir nada, tampoco. Era como si el lenguaje, el idioma entero, estuviera sobrando. Y por muchos minutos en la oscuridad del universo, no hubo aislamiento, sino algo que era semejante a un vuelo o, seguramente, a un camino en el campo que concluía en un abismo, o viceversa, por qué no, a un abismo que finalizaba, aterrizando, en el camino de un campo repleto de flores.

Como fui testigo de las cadenas y de la libertad, podría referir otras versiones del mismo cuento, agregar o sacar apodos, mencionar detalles, sumar aristas de iguales personajes, dar vuelta la cronología, pero por ahora quiero dejar así el relato.

Prefiero decir que a la mañana siguiente, mamá, mi hermana, cancerbero y yo, despedimos a la visita en el umbral de la casa. A todos nos pareció, a mi más que a nadie, que la vida había retomado sus viejos y queridos impulsos.

Muchas gracias a quienes ya participaron con sus textos Ana Barchuk de Rodríguez desde el barrio de Villa Cabello en Posadas, José Torres Criado (Málaga), PacoMan (Málaga), Elena Maidana (Misiones), Evelin Rucker (Posadas), Francisco Álvarez (Corrientes, Argentina. Exiliado muchos años en México), Andrés Dunayevich (Córdoba, Argentina), Fabiola Eme (Tusitala Project), entre México y Barcelona, Alan Nuzzolese (Buenos Aires), Café Azar (Posadas), Ubaldo Pérez-Paoli (Alemania), Osvaldo Mazal (Posadas), Carlos López-Aguirre (Moscú), Alberto Szretter (desde el interior de Misiones, Triple Frontera), Zulma Sierra (entre Colombia y Catalunya), Pedro Bonsier (Lisboa), Álex Marín Canals (Barcelona), Bic Baraxtuyaga (País Vasco-Buenos Aires).

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