AGUAFUERTES DE LA PESTE. Cuando me muera

LA PESTE EL BOSCO 2

Se expanden por el mundo nuestras entradas con anécdotas cotidianas y microrelatos. Hoy escribe Francisco Álvarez desde la ciudad de Corrientes, Argentina. Exiliado muchos años en México. Ya participaron Andrés Dunayevich (Córdoba, Argentina), Fabiola Eme (Tusitala Project), entre México y Barcelona, Alan Nuzzolese (Buenos Aires), Café Azar (Posadas), Ubaldo Pérez-Paoli (Alemania), Osvaldo Mazal (Posadas), Carlos López-Aguirre (Moscú), Alberto Szretter (desde el interior de Misiones,Triple Frontera), Zulma Sierra (entre Colombia y Catalunya), Pedro Bonsier (Lisboa), Álex Marín Canals (Barcelona), Bic Baraxtuyaga (País Vasco-Buenos Aires). Mientras no llegue la vacuna para sanar los cuerpos, ensayemos antivirales para la cabeza.

Estoy en el grupo de riesgo de muerte por coronavirus, por edad, por el cigarrillo y por el alcohol. Es posible que no pase esta pandemia. Por eso quiero dejar un pedido: cuando muera quiero escuchar a Mozart. Después que me cremen y marginen. Que desconozcan mis trabajos, mis libros, mis perfiles callados que quizás alguna amante retuvo. Que mis hijos me olviden también, y me tiren al río.

Pero antes, Mozart. Que orden a Enfermería que me pongan auriculares en los momentos previos al fin. Porque es sabido que uno no fallece de golpe. La muerte es un proceso, durante el cual -dicen- el cuerpo se va aliviando, las hormonas desacoplan sus imanes, cesan por turnos las excretas, no hay linfa, y la sangre, en cámara lenta, va parando. He leído que los órganos se desparraman, como si cada uno tomara su propio camino a casa, sin importar el de los otros. Es como una desconcentración de gente después de un festival de rock: luego de la fiesta, los saltos, la cerveza, el pogo, cada uno toma un destino distinto y separado. A seguir, viene el silencio.

Un silencio que no es igual en todos los que mueren. Si la vida es despareja en cada uno, por qué la muerte tendría que ser igual en todos.  Yo he observado a amigos muertos que se volvían extraños, y eso que los conocía muy bien de tantas madrugadas y parrandas.

Hay una errata en la cultura cuando habla del rasero igualador de la parca. No es cierto. Empezando por los misterios de cada uno, que nos llevamos para siempre. Hay hombres y mujeres de conductas furtivas; que tienen secretos que acarrean a la tumba. Esas decisiones postreras son actos piadosos para con lo que se quedan de este lado. Serán tesoros o amarguras, amores inconfesables, recónditas tristezas que la persona ha decidido enterrar. Pero el ocultamiento de deslices pasados le da a cada cual un perfil cambiado de dureza. Los acompañantes en la vida que nos tocaron en suerte, sabrán de la mudanza de las cosas. Asimismo habrá un armisticio en los objetos. Porque las cosas también huyen. Hasta el hierro más tenso se ablanda con el tiempo, interrumpe su callo rígido, se dobla, oxida y muere. No es de golpe que cae, se va orinando, y su espalda se curva hasta ser algo sencillo en la tabla de elementos.

Dicho esto como comentario al límite borroso entre estar y no estar, quiero expresar que cuando llegue ahí, a esa frontera difusa, quisiera escuchar el clarinete del concierto K622 de Mozart. Si me dan a elegir, porque es un poco extenso, selecciono el adagio del segundo movimiento en Re Mayor. Esta precisión es de valor, porque dura -imagino- el tiempo exacto entre ese pentagrama divino y mi seguro acabamiento. Esta música es lo más triste y sublime del mundo, y yo anhelo llevármela conmigo.

No deseo palabras. Soy escritor, pero en esa instancia no habrá poema que me colme, ni diccionario que sacie mi sed de un espacio infinito, aunque dure minutos.

Antes de irme, entonces, quiero escuchar cómo el instrumento juega con la orquesta, cómo va bajando en la escala cromática de un cielo increíble, y va indicando que el tren del andén está por salir y no tenemos boleto de regreso, y hay que subir sin resistencia, del mismo modo en que un día arribamos al planeta a disfrutar con todos de la vida.

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