AGUAFUERTES DE LA PESTE. Pinche virus

LA PESTE EL BOSCO 2

Se expanden por el mundo nuestras entradas con anécdotas cotidianas y microrelatos. Hoy escribe Fabiola Eme (Tusitala Project), entre México y Barcelona. Ya participaron Alan Nuzzolese (Buenos Aires), Café Azar (Posadas), Ubaldo Pérez-Paoli (Alemania), Osvaldo Mazal (Posadas), Carlos López-Aguirre (Moscú), Alberto Szretter (desde el interior de Misiones,Triple Frontera), Zulma Sierra (entre Colombia y Catalunya), Pedro Bonsier (Lisboa), Álex Marín Canals (Barcelona), Bic Baraxtuyaga (País Vasco-Buenos Aires). Mientras no llegue la vacuna para sanar los cuerpos, ensayemos antivirales para la cabeza.

Las libertades se invierten. La humanidad permanece enclaustrada mientras la naturaleza se extiende y se propaga, negativa y positivamente. La aparente división planeta-humanos que habíamos construido en nuestras mentes de pronto nos parece un raro e incomprensible espejismo. No solamente admitimos que somos parte de la naturaleza, nos damos cuenta de que no nos pertenece, que no la controlamos, y volvemos a tenerle miedo como cuando el rayo era una fuerza divina que caía para castigarnos desde el cielo. Las cosas están cambiando y ha sido un pinche virus diminuto el que ha puesto a nuestro mundo de cabeza.

Titulares grandilocuentes compiten con las cadenas de oraciones por whatsapp para darnos esperanza durante la pandemia. “Los animales toman las ciudades vacías”, “La vida se abre camino”. De la misma forma que hemos visto imágenes de ciervos y jabalíes explorando la ciudad, de caballos salvajes corriendo por Sierra Nevada, de antílopes naciendo en cautiverio o, incluso, esas falsas imágenes de delfines nadando en las playas de la Costa Brava; así, de la misma manera que los patos caminando por las calles de París, la naturaleza se impone también en nosotros, como reconociendo antiguos senderos de paseo. Después de varias semanas de confinamiento yo también empiezo a reencontrarme con mi propia naturaleza. Redescubro el auténtico color de mi cabello, latente desde hace años bajo un reflejo violáceo. (Tengo menos canas de las que pensaba). Reconozco el olor tan corporal de mis axilas sin desodorante. Maravilla absoluta. Me niego a someterme a la tortura innecesaria del sostén, voy con mi elegante batín negro a todas horas al estilo gran Lebowsky. Lo único que mantengo de esa vida anterior al encierro es la costumbre de ponerme de vez en cuando rimmel en las pestañas. Mi background cultural mexicano me impide salir de cara lavada a la breve pero intensa comunicación de los videochats del teletrabajo. Me digo a mí misma que es un buen momento para dejar que el cuerpo descanse de químicos. Suficiente tengo ya con lavar con jabón absolutamente toda la comida que compro. Reduzco la frecuencia del shampoo y abandono por completo el uso del acondicionador de cabello. Mi cuero cabelludo reacciona con una melena incontrolable y esponjada, alimentada como un monstruo por el cepillo, tanto si es por uso como por ausencia, limitándose a diferir solo por la textura de los mechones entre menos o más indomables. (Empiezo a reflexionar sobre lo natural y lo antinatural). Las redes se llenan de gente que “aprovecha el tiempo” tiñéndose el cabello de colores psicodélicos. El encierro y la distancia social nos autorizan para experimentar con nuestra propia materia, con nuestro propio cuerpo y nuestra propia imagen. Una imagen ultraexpuesta, hoy más que nunca, a fuerza de tik toks y stories de instagram. ¿Queda todavía algún espectador o ya estamos haciendo todos directos de algo?

34 días de cuarentena. He salido 3 veces a comprar comida. (El vino sigue llegando cada miércoles religiosamente a mi puerta). El supermercado que está a 200 metros no surte pedidos en mi zona. El horror vacui que experimento en los pasillos de productos frescos tuvo su máximum los días previos a la semana santa. Lo sé, no debí dejar la compra para el último momento. Vamos por la quinta semana y todos los días alguien me pregunta “cómo llevo el confinamiento”. Y todos los días pienso en contestar que lo llevaría mejor si no tuviera que explicarlo cada día. Luego mi yo imaginaria se siente mal por haber contestado eso, imaginariamente. Debe ser la falta de actividad física, le digo conmovida a mi yo imaginaria que no tiene la culpa de mis neurosis sedentaristas. Pienso eso mientras escucho a los canarios de mis vecinos cantar cada vez más fuerte, como si nos estuvieran gritando algo. Se mezclan con la cantante de ópera que ensaya todos los días a las 11 de la mañana. La nueva vida en los balcones le aplaude, ella responde con una nota más larga en señal de agradecimiento. Los vecinos del edificio de enfrente se han hecho amigos entre ellos y salen cada día a sus soleadas terrazas a ofrecerle su propio y modesto ritual del aplauso. Me alegro de comprobar que no estamos todo el tiempo frente a la pantalla intentando encontrar allí esa vida real que todavía tenemos fuera de ella. Aún así, como no podemos salir de casa nos metemos cada día un poco más a las pantallas. Si la naturaleza de los animales es volver a salir y deambular por la ciudad, ¿cuál será la nuestra cuanto todo esto pase?

Mi neurótica sedentaria imaginaria ha sufrido, imaginariamente, con esa virtualidad de la que es tan difícil escapar. Me doy cuenta de que es más difícil escapar de ella que de la vida “normal” de cada día. En una situación normal si no quieres hablar con gente te refugias en tu casa. Te encierras, bye. Durante la cuarentena todo mundo sabe que estás allí. El refugio se ha vuelto en contra tuya y, de cierta manera, el encierro te obliga a responder, a dar señales de vida, a participar en todos los zooms y hangaouts que se están organizando “para seguir con la normalidad”.  No hay escapatoria, la vida online se mete por el ojo de la cerradura. Te sientes observada y expuesta. Atrapada entre las vibraciones de fibra óptica. Lees en las fake-news-no-tan-fake que el encierro es contraproducente porque está aumentando el tiempo de exposición a las señales nocivas. Te sugestionas y empiezas a notar los efectos del 5G en los impulsos febriles de tu cuerpo, en el ardor radioactivo en las retinas. La casa se ha convertido en un contenedor inmenso de virtualidad y de mensajes de texto. La comunicación se hace más constante y perturba el fluir de tus pensamientos sobre trabajo y comida.

¿Era realmente esa la respuesta natural al pánico? ¿Es necesario comunicarse tanto? Los xennials apenas empezábamos a acostumbrarnos al uso de mensajes de voz y ahora tenemos que enfrentarnos a vivir hablando con pantallas. Salimos de una burbuja para entrar a otra, no sabemos vivir entre ellas. Durante los primeros días del estado de alarma, la gente transmitía sus preocupaciones, reales o ficticias, con mensajes de amor y memes variopintos. Ávidos de contacto y de demostrar su avidez, se volcaban en esos mensajes y en esas videoconferencias, ahora con más frecuencia que los encuentros personales de antes. El “cuando esto pase nos abrazaremos” se ha sumado al “haremos esto más seguido”. Vale, nos hace falta ejercicio, sudar con las clases de zumba y caminar para ordenar los pensamientos, me dice mi yo imaginaria. Lo cierto es que para los que ya acostumbrábamos a llevar normalmente una rutina de cierto encierro y ensimismamiento, la explosión de la vida virtual ha venido a jodernos un poquito. (Quizá es que nosotros también tenemos que aprender a salir un poco de nosotros mismos.)

Por fortuna, todo indica que el ímpetu mensajeador de esos primeros días, al igual que el virus, también va cediendo. Los grupos de whatsapp ya no arden con tanta pasión. Pero aún parece difícil la tarea de acostumbrarnos a buscar la conversación con uno mismo (yo creo que en el fondo no debe ser tan aburrido), a buscar el soliloquio que nos abstraiga, por un momento, del consumismo de imágenes de puro entretenimiento y de los mensajes repetitivos, para dar paso a un momento de verdadera atención a la época que estamos viviendo.

Los animales se sienten libres y nosotros encerrados, pero cuando acabe la pandemia saldremos, quizá también de las pantallas, quizá también de nosotros mismos. Resulta raro hablar de un antes y un después. Todavía no sabemos si el efecto, que seguramente esto tendrá, se notará en unos meses, en años o en generaciones. Si hiciéramos caso a las leyes de la física, concretamente al concepto de entropía, pensaríamos que el pasado siempre es más ordenado que el futuro. Resulta que con el tiempo, las cosas se desordenan cada vez más. Todo se vuelve más caótico ¿Todo tiempo pasado fue mejor? Antes, tendríamos que definir qué es el desorden. Pero si pensamos positivamente, diríamos que es en el desorden, en el movimiento de las cosas, en donde surge la vida. El futuro ya no será lo que era, y eso no necesariamente será peor.

Me pregunto cuál será la naturaleza de las cosas del después. Si el mundo cambiará y que habremos aprendido de esto. Me pregunto si realmente habrá un boom de creatividad que propicie una transformación social postcoronavírica. O si las cosas volverán a ser exactamente igual que antes. ¿La vida cambiará? y, ¿qué habremos aprendido de esto? De momento no nos queda más que seguir adaptándonos.

Madame de Staël dijo que en la vida uno elige entre aburrirse y sufrir. Supongo que tengo que seguir agendando videocitas y responder a los mensajes de mis grupos de whatsapp.

 

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s