AGUAFUERTES DE LA PESTE. Dylan, otra vez

LA PESTE EL BOSCO 2

Se expanden por el mundo nuestras entradas con anécdotas cotidianas y microrelatos. Hoy Café Azar escribe desde Posadas, antes Ubaldo Pérez-Paoli en Alemania, se sumó Osvaldo Mazal también en Posadas, desde Moscú Carlos López-Aguirre, Alberto Szretter en el interior de Misiones (Triple Frontera), entre Colombia y Catalunya Zulma Sierra, en Lisboa Pedro Bonsier, Barcelona con Álex Marín Canals, Bic Baraxtuyaga, vasco afincado en Buenos Aires. Mientras no llegue la vacuna para sanar los cuerpos, ensayemos antivirales para la cabeza.

Espectro: ¡Venga su asesinato, torpe y desnaturalizado!

Hamlet: ¿Asesinato?

Espectro: Asesinato torpe, como lo es el asesinato en el mejor caso;

pero este más torpe, extraño y desnaturalizado

William Shakespeare: Hamlet, Primer Acto, Escena V.

Escenas de la peste en tiempos de cuarentena. Los privilegios, sí. Desde sus entrañas, sale este texto. Escribo y leo, veo películas que ya vi, cocino y tomo alcoholes de destilaciones varias y, a veces fumo (poco). Los autores que vengo leyendo en este último tiempo han decidido compartir sus miradas sobre el coronavirus, el capitalismo y el aislamiento. Desde Kill Bill hasta las pesadillas de Félix Guattari, desde las teorías conspirativas más retorcidas – y claras a la vez – hasta las visiones naif de un renacer comunista y solidario, desde la deflación psicológica hasta la desmovilización social después de manifestaciones sociales testimoniales y urgentes en diferentes puntos del planeta forman parte de las múltiples, variadas, contradictorias reflexiones que circulan en blogs, diarios digitales y algunos oxidados periódicos partidarios.

Hace unos días, nada más, aparece Bob Dylan en internet. Agradece a sus seguidores, dice que tiene una canción que les podría interesar, pide que se cuiden, que estén atentos y que la fuerza (en este caso dios) los acompañe. Una canción después de ocho años, después de aquel maravilloso Tempest (2012) donde evocaba sonidos de adolescencia y despedía a John Lennon.  Más tarde vinieron los ajustes de cuentas con el Tin Pan Alley y el Rat Pack. En ese camino, Dylan se asume como la figura central de la canción norteamericana al unificar en su voz y en su repertorio los mundos del rock, el country, el folk, el bluegrass, el rockabilly y las canciones que Tony Benett y Frank Sinatra dejaron caer en radios, televisores, películas y casinos de la época. El espectro de JFK, y la perspectiva demócrata, ya estaba asomando en el espíritu dylaniano de los últimos tiempos. En Rolling Thunder Revue: A Bob Dylan Story by Martin Scorsese (2019), con la aparición del congresista Jack Tanner (Michel Murphy): personaje creado por Robert Altman y Grady Trudeau para Tanner 88 se explicita, a través de las máscaras, las ficciones y los links a otro mockumentary cierta afinidad política entre el universo demócrata que en ese momento representaba Jimmy Carter y la poética de Bob Dylan.

La canción no es cualquier canción. Los reportes periodísticos hablan de su duración (casi 17 minutos) y de la cantidad de palabras. Nada extraño en tiempos de likes y visualizaciones. Nada extraño en tiempos donde prima la estadística y el entretenimiento. Nada extraño en la obra de Bob Dylan que ya había puesto en cuestión algunos moldes cuando grabó Like a Rolling Stone que duraba un poco más de seis minutos en mil novecientos sesenta y cinco. Allí ya estaba la monumental Desolation Row.

Murder Most Foul es una suerte de largo mantra que vuelve una y otra vez sobre el asesinato de John Fiztgerald Kennedy. “Era un oscuro día en Dallas, noviembre del sesenta y tres, / un día que se recordará con vergüenza / El presidente Kennedy estaba envalentonado / Es un buen día para vivir y para morir / siendo llevado al matadero como un chivo expiatorio.” Ese asesinato, ese magnicidio es el punto de partida para que Dylan nos relate el final de una época. El fin de una época que se había iniciado con las luchas sociales por los derechos civiles, la explosión de la era de acuario plena de psicodelia y creatividad, el rock como catalizador de estéticas y sonoridades provenientes de las más diversas tradiciones musicales. El final de temporada que – con sus mutaciones – Bob (muchas veces a su pesar) había representado.

El fantasma de JFK (y el propio Bob) recorren ese tiempo pidiendo ver/escuchar películas, personajes, artistas y muchas, muchas canciones. Un palimpsesto que actualiza voces y melodías que atraviesan esa evocación pausada, grave y melodiosa. Allí están, entre otres: The Beatles,  Etta James, Theolonious  Monk, John Lee Hooker, Nat King Cole, Jelly Roll Morton, Ludwig van Beethoven, Bud Powell. En la última línea, después de condensar la cultura de una época y un lugar aparece la mención a The Blood-stained Banner (la bandera manchada de sangre). Podría tratarse del pabellón de la Confederación que en tiempos de guerra civil representaba a los estados secesionistas unidos por la ideología de la supremacía blanca y la defensa del sistema de esclavitud. El presidente Trump se ha manifestado más de una vez en ese sentido al querer reinvidicar la grandeza de la nación estadounidense con los símbolos de la confederación. Pero también (en Dylan siempre hay un pero) podría tratarse de un canción góspel de 1880 titulada “We are Soldiers”, “Soldiers of the Lord”, or “Soldiers of the Cross”. Allí se canta sobre los soldados que sostienen la bandera manchada de sangre aguantando hasta morir. Canciones de resistencia de los afroamericanos en su lucha por los derechos civiles.

Como en Hamlet, como en el Manifiesto, como en Derrida, son espectros los que vienen a denunciar el desequilibrio del mundo y la sociedad. En su intervención más reciente, Bob Dylan nos deja una evocación amarga, nostálgica y bella que cobra actualidad en este tiempo fuera de lugar. Es la oportunidad lo que hace al gesto político. Otra vez.

 

Café Azar,

en los finales de un marzo en cuarentena,

 por el 2020, en Barrio Los Pinos, Posadas,

Misiones, RA. –

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