AGUAFUERTES DE LA PESTE. Pestes diversas, una reflexión

LA PESTE EL BOSCO 2

Se expanden por el mundo nuestras entradas con anécdotas cotidianas y microrelatos. Hoy Ubaldo Pérez-Paoli escribe desde Alemania. Comenzamos en Barcelona, se sumó Osvaldo Mazal en Posadas, desde Moscú Carlos López-Aguirre, Alberto Szretter en el interior de Misiones (Triple Frontera), entre Colombia y Catalunya Zulma Sierra, en Lisboa Pedro Bonsier, regresó Barcelona con Álex Marín Canals, Bic Baraxtuyaga, vasco afincado en Buenos Aires. Mientras no llegue la vacuna para sanar los cuerpos, ensayemos antivirales para la cabeza.

La peste de Tebas es el comienzo del Edipo rey de Sófocles. Ella es la que obliga a Edipo a enviar a su cuñado Creonte para averiguar su causa por medio del oráculo de Delfos. Ignoraba que, en el fondo, la causa era su propia orgullosa ignorancia que lo había llevado a matar a su padre y casarse con su madre; la peste era él mismo. Quien fue capaz de resolver el enigma de la esfinge, cuya respuesta es “el hombre”, fue incapaz de resolver el suyo propio.

La peste negra en la primavera y el verano de 1348 sirve para que Giovanni Boccaccio haga que siete mujeres y tres hombres de alta sociedad busquen para soportarla un camino muy galante: se retiran de Florencia a una casa de campo por dos semanas y se dedican a contarse cien historias en una obra de creación en diez días: Decamerón, consciente de la diferencia infinita entre éste y el Hexamerón divino, la creación del mundo en seis días.

Esa misma peste llega a Suecia en 1350 y hace de escenografía para El séptimo sello que Ingmar Bergman filma en 1957, tomando ese nombre del capítulo 8 del Apocalipsis. Mientras que Boccaccio, contemporáneo de la plaga, se solaza en sus ingeniosas historias para distraerse de la peste, Bergman propone a seiscientos años de distancia una muestra de ingenio muy diferente: jugarle una partida de ajedrez a la Muerte. Que es imposible ganarle es claro desde un principio, también aquí reina una diferencia absoluta, ¿pero retardar su efecto? Es lo que logra el caballero cruzado Antonius Block, no para sí mismo, sino para una joven familia de humildes actores circenses. Consigue burlar a la Muerte distrayéndola un instante, consciente de que su triunfo será sólo de duración limitada.

Diez años antes del film de Bergman, Albert Camus ponía en su novela, La peste, a todo el pueblo de Orán en cuarentena absoluta. El encierro dentro de los límites de una muerte segura para gran parte de la población desafía la abnegación y capacidad de renuncia de los seres humanos. Al final el Dr. Rieux reflexiona sobre la alegría de la gente ante la superación del flagelo, pensando que la mayoría ignora lo que él sabe muy bien, que su bacilo no muere y puede volver a aparecer en cualquier momento.

En contraste con esta preeminencia de la solidaridad, en su Diario del año de la peste de 1722 Daniel Defoe refería con acribia bajezas y grandezas de los hombres durante la peste de Londres de 1655 exaltando sobre todo la obra de la Providencia Divina que con mano invisible conduce a buen fin. Un siglo después, en 1827, Alessandro Manzoni relataba en el cuarto final de su novela, Los novios, los avatares de una peste un poco anterior, la de Milán de 1630, cuando dos humildes prometidos, Renzo y Lucía, que no pudieron casarse en su pueblo de origen debido a la intromisión de un caballero poderoso enamorado de la muchacha, vuelven a encontrarse después de dos años de separación. La peste se convierte finalmente en una de las dificultades mayores que el amor de la pobre pareja tiene que superar pero también en la ocasión para volver a unirse. La historia culmina con la fructificación de este amor en la construcción de una familia pródiga en niños y con la reflexión sobre la confianza en la Providencia Divina. Defoe, que relata los acontecimientos anteriores a su nacimiento en primera persona como si fuera testigo ocular, no puede ocultar su presunción de que la gente tan agradecida y feliz pasada la peste, muy poco después olvidará todo y volverá a su acostumbrada indiferencia para con Dios y los demás, por ese carácter común a la humanidad de olvidar la liberación tan pronto como el peligro ha pasado.

Tebas, la campiña sueca, Florencia, Milán, Londres, Orán, escenarios de historias reales o ficticias, son todos lugares bien delimitados en el espacio, que sirven de base para la reflexión sobre lo bueno y lo malo en el sur humano. Hoy frente a una peste planetaria ¿llegaremos a la misma conclusión que nuestros autores? El cambio de actitud para con los demás, la consciencia de nuestra mutua interdependencia y la fuerza de la solidaridad, ¿serán solamente fenómenos pasajeros que volverán a olvidarse no bien se aleje la premura? ¿Y seguirá latente el peligro a pesar de nuestra indiferencia? O mejor dicho: ¿gracias a nuestra indiferencia? ¿Seremos nosotros mismos la peste?

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