La vida low cost

Tio

Una publicación que circuló en las redes desde la editorial El Transbordador, donde tuve el halago de editar Kitschfilm en el año 2018, activó una idea que desde hace meses me ronda y que la peste, creo, actualizó. El engaño de los simuladores de experiencia sensible y espiritual. Nos conformamos durante años a vivir en una dimensión sucedánea de la realidad.

Millones de personas vuelan de un lado al otro del planeta y creen que conocen el mundo, escuchan a un guía que les cuenta anécdotas sobre las gárgolas en Santa María del Mar y se convencen que han atrapado el fundamento de la historia, compran toneladas de ropa en Zara y suponen que gozan de una buena calidad de vida, coleccionan menús de restaurantes japoneses y presumen ser distinguidos gourmets, compran un máster que dura cuatro meses y se consideran pares de Benjamin. Hacen una visita virtual por Auschwitz y comprenden la esencia de las cenizas de Paul Celam. Comparten una play list indie y consideran ser expertos en dodecafonía, una selfie frente a La Victoria de Samotracia y curadores especializados en arte helénico. Y así hasta la eternidad…

Eso sí, todo lo podemos pagar con tarjeta a crédito. Cash hay poco, el dinero no es cool, porque ahora lo que toca es ser un emprendedor, creativo, innovador. Es poco elegante tener el mismo trabajo más de doce meses de seguido. Hay que ser polivalente y tener una visión alveolar de la comunidad, saber articular los saberes. Ser COlaborativo, COoperativo, COparticipativo, COsolidario,  joder poco y no perder el tiempo, ligar por una aplicación del móvil, fast polvo = full satisfacción y volver al Instagram a subir un video de gatitos. Pero un buen día llega el virus que no respeta a mi abuela ni a la señora Lagarde, y ¡Hop! aparecen los billetes y las monedas.

¿Los ricos tienen miedo? Compran deuda pública de Grecia, calman los mercados, donan millones, liberan fondos que ni teníamos idea de donde estaban, otorgan ayudas sociales impensables hasta ayer, regalan libros, películas, todo con tal de que nos quedemos en casa y no los infectemos. Las elites están comprando su seguridad una vez más, pero ahora no la resuelven con una cámara de videovigilancia. El guardaespaldas de Amancio Ortega puede contagiar al patrón, el cocinero de Bolsonaro también. A la peste no se la engaña con un ticket low cost.

Va el texto de la editorial El Transbordador (Málaga, España).             

¡Hola! Queríamos compartir con vosotros unas reflexiones acerca de estos momentos extraños que nos toca vivir y la tendencia a regalar libros que se está viendo en parte del sector editorial.

Las editoriales independientes estamos en un momento terrible. De asustarse. No va a haber ferias del libro, ni Sant Jordi, ni muchos eventos literarios propios de estos meses que nos ayudan a muchos a medio aguantar el resto del año.

Como bien decía nuestro amigo y hermano editor Hugo Camacho en otro hilo, estos últimos títulos que hemos publicado justo antes de esta situación han nacido, por desgracia, prácticamente muertos. Las facturas siguen muy vivas, eso sí.

Como editora de El Transbordador (Pilar Márquez al teclado), os cuento que aún no cobro por mi trabajo. No da, sencillamente. Llevamos 4 años y medio con el proyecto, y es indudable que crece. Pero esto no es para impacientes.

Perdonad todo el rollo, los que me conocéis sabéis que soy muy reservada con mis cosas personales, como la que acabo de contar, pero he sentido que era necesario esto para ofrecer una perspectiva real y no romántica de mi trabajo.

Y ahora lo de regalar libros. En este momento en el que nos vamos a dar una leche buena, resulta que una cosa que sí se puede hacer en casa es leer. Y que se puede comprar en digital la mayor parte de nuestro catálogo, porque nos hemos formado en ello y hemos invertido tiempo.

Creemos que la rueda tendría que ser al revés: el movimiento quizás tendría que haber sido más sensible con proyectos que todos queremos que sigan vivos. Esto no quita que todos arrimemos el hombro y compartamos, en esta casa llevamos unos días preparando algo para regalar.

Pero no libros que están ya a la venta. No a costa de autores que firmaron con nosotros contrato editorial en el que nos ceden sus obras a cambio de unos beneficios. No creemos que sea justo devaluar su talento ni nuestro trabajo.

Ni queremos poner a nadie en el compromiso de tener que sumarse a una iniciativa que quizás no compartan o poner listas de autores “solidarios” o “no solidarios”.

Y, esto es lo más importante para nosotros, por encima de todo no queremos sentir ni remotamente que sacamos algún rédito de esta situación tan preocupante.

Por eso hemos decidido generar contenido nuevo específico para poder aportar, para que nos sintamos todos más acompañados. También hay material gratis que teníamos ya subido a @lektu desde hace tiempo (mediante pago social).

En unos días compartiremos también formas para apoyarnos, si lo veis oportuno. Gracias y perdón por el wall of text, necesitábamos compartir nuestro punto de vista. #YoMeQuedoEnCasa

Por supuesto, nuestro respeto más absoluto a otras formas de verlo. Esta es sólo la nuestra.

Para ampliar el tema: La cultura de lo gratuito estruja la economía de los pequeños editores

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