El neopolicial o todos somos sospechosos

sospechoso

Desde Misiones, nuestro asiduo colaborador Alberto Szretter ha escrito este artículo tan vigente en los tiempos que corren. Vaya como nuestro aporte para que enclaustrarnos en casa sea menos tedioso, convivir obligatoriamente tantos días en cuarentena con la parentela no dispare los índices de criminalidad y que leer, o sea ser menos brutos, sirva una vez más para derrotar a la peste. Cabe destacar en esta ocasión que Szretter es médico…

“No me gusta la violencia que exhiben los (escritores) norteamericanos.

En general son autores truculentos.

Raymond Chandler es un poco mejor; pero los otros,

Dashiell Hammett, por ejemplo, son muy malos.

Además, ellos no escriben novelas policiales:

los detectives no razonan en ningún momento.

Todos son malevos, los criminales y los policías. Lo cual puede ser cierto.

Pero es una lástima que la novela policial, que empezó en Norteamérica y de un modo intelectual

 —con un personaje como M. Dupin, que razona y descubre el crimen—,

vaya a parar en esos personajes siniestros, que protagonizan riñas donde uno le pega al otro

con la culata del revólver, y éste a su vez lo tira al suelo y le patea la cara,

y todo esto mostrado con escenas pornográficas”

J. L. Borges

Jorge Luis Borges comparó el policial de enigma de estilo inglés o europeo, con el género negro norteamericano. Cuando falleció en 1986 el neopolicial ya había nacido, pero no pudo evaluarlo, aparentemente. Veamos algunos rasgos del policial en general para luego mencionar características del subgénero que el escritor argentino nunca consideró.

En el policial hay un crimen. Ese crimen se trata de resolver. Así se desarrolla la trama. Uniendo los términos de la ecuación, crimen-resolución, está el enigma.

Pero ¿qué es un enigma policial?

Podemos acercarnos al concepto entendiendo que hay algo que se llama “mundo” que comprende a todo lo que ocurre, que pasa de modo inmanejable, que es lo que existe más allá de nosotros; y otra cosa que se llama “realidad”, que consiste en una selección y en una disposición de las posibilidades que el mundo nos ofrece, en un tiempo determinado.

En esa realidad estabilizada, predecible, y organizada por los seres humanos en lo que se denomina Nación, o en sentido político, Estado, ocurre un hecho, el crimen, que altera dicha realidad, porque en esa ordenación social es algo anómalo. Así se crea el enigma que le gustaba a Borges por sobre el policial negro, que también lo posee pero con otra peculiaridad producto de la Gran Depresión norteamericana de entreguerra.

Pero he aquí que el enigma o misterio no es “inocente” por más ficción que sea, ya que está señalando la fragilidad del sistema. No es casualidad que el policial haya nacido con los países modernos, en el siglo XIX. Porque el Estado era (es) el que debe reglamentar la realidad (aquella realidad de la que hablamos), unificarla y garantizarla; como dirían los Sociólogos: construirla.

Viene el héroe, el detective bucea en el enigma, lo descubre, y así se resuelve el secreto, restableciéndose los mandamientos sociales. El criminal será castigado. La población puede estar tranquila. El Estado, también. El cuento, la novela, han terminado. “Quédense tranquilos. Solo fue un hecho aislado”.

Sobre el enigma debemos decir que es una singularidad en el devenir de la sociedad. Pero es un problema muy especial porque posee la característica de romper el equilibrio, la norma. Y al poner en duda la estructura del sistema, lo interpela.

Siempre ocurre en un contexto, quiero decir, en el seno de un tejido social determinado.

Dicho de otra manera, el enigma rasga la textura del orden, le mueve el piso: es el mundo (que mencionamos) el que irrumpe en la tranquilidad de la realidad.

Quizás el éxito de este género repose en la curiosidad o morbo de los lectores que observan la debilidad de la sociedad (y se inquietan), y quieren leer cómo son exigidos los aparatos de la Ley, de qué manera son señalados, y de que forma es restituida la normalidad.

Esta característica, la de que el policial se desarrolla en medio de la sociedad cuya seguridad es puesta en duda por el enigma de un crimen, nos permite comprender la evolución histórica que ha tenido. En un extremo, con el inicio del género, estamos en las inaugurales repúblicas, en la revolución industrial. Poe escribe Los crímenes de la calle Morgue, en 1841, desplazando las cuestiones morales (que predominaban hasta entonces en la novelística “social”) a lo intelectual. El investigador ya no es la policía, sino un detective. Si el crimen es algo extraño a las ordenanzas y sus instituciones, la policía como parte de esa estructura no es capaz de resolverlo.

En el otro extremo histórico, el actual, podríamos nombrar a Rodolfo Walsh y Operación Masacre, de 1957. A partir de “hay un fusilado que vive”, frase pronunciada en un bar de La Plata y jugando al ajedrez, se desarrolla una historia de investigación donde el enigma consiste en saber qué pasó en los basurales de José León Suárez, quién o quiénes fueron los asesinos.

Hay otras obras con los atisbos que inauguró Walsh. Menciono una de las tantas de está última parte de la evolución del policial: Una novela criminal, de Jorge Volpi, ganadora del Premio Alfaguara, en noviembre de 2018.

Hace 15 años, acusados de cometer secuestros extorsivos, la francesa Florence Cassez y el mexicano Israel Vallarta fueron detenidos en un domicilio del sur de la ciudad de México, con todo un show periodístico, incluidas cámaras de televisión “en vivo”, aparentemente; pero en realidad -fijémonos cómo se construye el relato oficial- todo fue una farsa, una puesta en escena. La verdad era que la pareja fue detenida varias horas antes, en otro lugar y con cargos dudosos. O sea, la obra de Volpi descubre el montaje de la policía en complicidad con los jueces y el poder político.

¿Adónde quiero llegar?

Quiero decir que el género evolucionó hacia un escenario en el que el criminal ya no es alguien aislado que viola los estatutos, sino que es, también, el propio Estado, para quien todos los ciudadanos pasamos a ser maleantes en potencia. Ya no hay certezas. Ya no hay inocentes. Se invirtió la carga de la prueba: ahora todos somos culpables hasta que se demuestre lo contrario. Es por eso que nos vigilan constantemente. Para ello segmentan a la población con algoritmos en la Big Data. Hay cámaras por todos lados, nos siguen por el celular, existen sistemas urbanos de identificación facial, saben qué diarios leemos, qué sitios en internet visitamos, qué compramos, cómo nos divertimos.

El Poder no lo hace por nuestra seguridad, lo hace porque para el Estado moderno todos somos sospechosos. Lo hace para saber dónde estamos cuando los mandamases realizan sus trapisondas. Nos espían para saber nuestra ubicación, o qué opinión tenemos cuando los profesionales de la política, los politicastros, van pasando de puesto en puesto, de partido en partido, de licitación en licitación, de robo en robo, siempre encaramados en sus despachos.

Esto no es casual. En los dos extremos del policial (inicio y actualidad) estamos en países con sistemas capitalistas, pero en tiempos de Poe era el comienzo y la consolidación, ahora -en cambio- es la etapa de la inmensa concentración de dinero, el neoliberalismo; tiempos de enorme especulación financiera, de jueces que avalan la compra de voluntades y testigos, donde el Estado a quien delegamos la función de cuidarnos, es el canalla, porque fomenta y vende armas, o reprime las disidencias. Ahora las modalidades delictivas no son un efecto indeseado, una singularidad, sino el corazón mismo del sistema. Actualmente el género se inclina hacia este costado.

No soy original con este concepto. El resalto de las nuevas características del policial, fue planteado en otros lugares, menciono uno solo, relativamente reciente e importante: el encuentro de Litprom, en Literaturhaus Frankfurt entre el 25 y 26 de enero de 2019, edición destinada al género policial.

Sepamos que la globalización comunicacional-comercial posee su lado infeccioso en asociación con la industria bélica-farmacéutica y la ciencia-tecnología, que tanto deslumbra a muchos y que ha servido a acentuar las diferencias en la población, en detrimento de los que menos tienen; y que el crimen global es la clave de supervivencia de las grandes potencias del mundo.

Pareciera que el género policial pasó de la ecuación una muerte (individual) misteriosa y su resolución, al delito (masivo) y su develamiento, siendo “delito” una palabra genérica que va más allá de un asesinato. Véase la mencionada Operación Masacre, de Rodolfo Walsh.

Una digresión. Walsh fue gran amante del género policial, escritor y compilador y el creador de la “non fiction”  casi una década antes que Truman Capote publicara In Cold Bood (A sangre fría) en 1966.

Sucedió algo similar con La huella del Crimen, de Raúl Waleis, pseudónimo del argentino Luis Varela, libro publicado en 1877, el primer policial en lengua española, que se adelantó en 10 años a Estudio en escarlata (1887), de Conan Doyle, que es el primer libro donde aparece Sherlock Holmes. Andrés L´Archiduc, el personaje de Waleis resuelve el enigma del Bois de Boulogne, con inteligencia, poder de observación y razonamiento deductivo; características que harían famoso al detective londinense de Baker Street. Los autores hispanoparlantes son precursores de muchas cosas, sin embargo, no tienen la difusión y la buena prensa de los ingleses.

Cito como ejemplos a algunos escritores (entre muchos) de México, Paco Ignacio Taibo II, de Chile, Ramón Díaz Eterovic, de Argentina, Giardinelli, Saccomano, Sasturain, de Uruguay, Hiber Conteris, de España, Manuel Vázquez Montalbán, Ibiza Melían, de Cuba, Leonardo Padura, que comenzaron hace algún tiempo,  a poner la lupa en el desgaste de las instituciones, en el pus de la burocracia, en la falta de control, la corrupción, el autoritarismo y en los crímenes políticos-económicos que asolan a nuestros países, por lo que una de las variaciones que se introducen en este género consiste en argüir que las fechorías son de las élites encaramadas en el Estado, en los dirigentes con poder de decisión, lo que da origen a la variedad del neopolicial, denominación que parece que  inventaron en México.

El neopolicial aspira a “resolver” los abusos que muchos países de Occidente no atinan a juzgar, o que desean esconder en los cajones de sus oficinas vidriadas de barrios exclusivos.

Ya no se trata solo de develar un enigma, sino de mostrarlo como símbolo de una injusticia estructural, de un estado de desolación social y crisis de valores, que la saña de “arriba” impone a sangre y fuego. Así, esta variedad llega a convertirse en un documento de la manera en que se evalúan los crímenes del Estado, que el periodismo y los organismos de contralor no pueden o no quieren ver. Cuando las pruebas de un escándalo son pocas o están desaparecidas, nada mejor que la ficción para señalar el delito.

En esta nueva forma novelesca, cuyo transfondo podría sintetizarse en el lema de la Restauración: “para los enemigos la Ley, para los amigos el favor”, el criminal no es un millonario entregado a sus vicios, sino que es el lujo desmedido, obsceno, en contraposición a la pobreza extrema; la magia de inmensos flujos de dinero que desaparece de un país y aparece en otro, las fakenews, la descomposición de las estructuras de poder.

El criminal -en fin- es el mismo sistema de vida que induce a la desesperación y a la violencia de la existencia. Ante eso, ahí está el neopolicial como un testimonio, un faro iluminador de los tiempos que vivimos.

 

 

 

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