Diez casos interruptos y otras perplejidades

DIEZ OK 2

Suelo despegar de los libros, como si fueran periódicos murales chinos, los relatos que otros/as escriben. Me los llevo a mi casa, los pongo sobre la mesada de la cocina y los abro en canal como quien rellena un pavo, o más en plan arúspice etrusco investigo el ars adivinatoria leyendo los menudos de pollo o sea las palabras. En esta ocasión comencé por el título del libro de Ubaldo Pérez Paoli, y recorté dos términos: interruptos y perplejidades.

Interrupto viene del verbo interrumpir, detener el devenir diría Heráclito, o el paso del tiempo sugeriría varios siglos después Kant. Aristóteles en la Poética considera que la interrupción es inherente a la trama de los relatos, pero cuando llegué hasta Paul de Man y su referencia a la parábasis me acordé de una escena en una película de Woody Allen, Poderosa Afrodita. Resulta que un coro griego en medio de unas ruinas helénicas dialoga a grito pelado con Zeus, de pronto entra en cuadro Allen, detiene la acción e interpela al coro. Pues eso es una parábasis, interrumpir la línea narrativa de una historia.

Luego le tocó el turno a la palabra perplejidad, muy cercana a probabilidad. Para no liarme demasiado volví al implacable Kant y en su obra Los sueños de un visionario explicados por los sueños de la metafísica, encontré que la perplejidad surge de la precariedad (la cursiva es mi responsabilidad interpretativa) de la experiencia, en tanto herramienta que nos permite afirmar o negar algo. Pero en este estado sólo cae quien supone creer porque el escéptico, que reconoce a priori que no tiene ni idea de que van las cosas, evita el desconcierto, la desorientación, la perplejidad.   

Pérez Paoli escribe dos grupos de narraciones, diez a las que agrupa bajo la noción de interrupción y otras cuatro que responden a la idea de perplejidad. En casi todos estos micro relatos sobrevuela la ambigüedad de la consumación perfecta de una historia o la finalización fortuita por pura casualidad. El autor adhiere al credo de la pluralidad de sentidos que pueden derivar del concepto de “fin”. Desde mi lectura, alternando con la dualidad de consumación u objetivo a la vez.

En casi todas las catorce piezas anida un núcleo especulativo, no en tanto meditación intelectual mórbida, sino más cercano a lo especular como reflejo, espejo de los dilemas a los que nos enfrentamos día a día. En los primeros diez relatos atrevería a considerar un noir filosófico, como diría mi amigo Alberto Szretter, un neopolicial donde todos somos sospechosos[1]. Los constituyentes que legitimarían esta percepción surgen progresivamente. Crímenes que no se llevan a cabo, muertes que fracasan por falta de justificación, ejecuciones fallidas, culpables culpógenos, venenos gourmet, fechorías alucinadas. Se podría conectar con esta idea de noir filosófico una posible influencia de un destino chambón, título de un cuento de Arturo Cancela y Pilar de Lusarreta que Borges, Casares y Ocampo incluyeron en su ya legendaria Antología de la literatura fantástica. Lo propongo porque algunos personajes merecen ser considerados como seres con brillo efímero que se queman con su propia llama como un fósforo, fatalmente condenados a ser el efecto contrario de una causa poco competente para alcanzar su objetivo maléfico. Ya que Pérez Paoli suele merodear por arrabales malevos, si tuviera que musicalizar este libro elegiría el tango Desencuentro en la versión de Roberto Goyeneche: “Por eso en tu total fracaso de vivir, ni el tiro del final te va a salir.”

Los últimos cuatro cuentos se alejan un poco del género noir y son mucho más filosóficos, no puedo evitar referencias al Pierre Menard y La secta del Fénix de Borges, aunque también reverbera un Roberto Arlt laberíntico y torturado que se pregunta una y otra vez cual camino seguir ante esas encrucijadas que nos desafían sin pedirnos permiso. Las contingencias impertinentes que, de improviso, nos desordenan el escritorio de nuestro plan maestro de vida, condenado al descalabro desde que nacimos… aunque nosotros lo neguemos aun al pie del patíbulo.

Estas observaciones me las insinúan un cierto  vicio profesional que el autor no puede eludir, sin lastrar la agilidad de las tramas. Prevalecen matices éticos. Agachadas y renuncies, deseo postergado, derecho al juicio, el mal, el asesino fracasado que busca redimirse a través de la caridad, la mentira, el libre albedrío, el deber ser, el castigo y el error. Aunque dos moléculas rebotan una y otra vez en las historias, la memoria y el lenguaje, funciones de la especie que interactúan ontológica y neuronalmente.

Otra esquina filosófica por la que Pérez Paoli suele rondar es cierto nominalismo que privilegia los nombres propios y particulares. Estamos siempre frente a individuos de carne y hueso que se llaman Prudencio Paredes, Filomena Letalia, Telésforo Epitimosarco, Tenuto Perinfame, Elfriede von Dirrweg, Benedicto Sinfideles, Acevedo, Alberico, Olegario, Marianne, De Lucca, Nilsson. Nombres que sugieren juegos con genealogías, griegas, bíblicas, latinas, germanas o sajonas. Conocer la mini bio profesional de Pérez Paoli también da pistas sobre esta maniobra filológica. Vive en Alemania y es argentino, licenciado en filosofía por la Universidad del Salvador de Buenos Aires, doctorado en el país germano con una tesis sobre Hegel y habilitación académica con una tesis sobre Plotino y san Agustín. Profesor de filosofía medieval y metafísica en la Universidad Nacional del Sur de Argentina, y docente de filosofía, latín y griego en Brunswick. De yapa es cantante en diferentes proyectos de tango.

Si bien unos de los cimientos que apuntalan la originalidad de este libro está dado por las corrientes metafísicas que corren en sus cauces subterráneos, con escenarios que evocan una imaginería borgeana y kafkiana, lo que sucede puede haber tenido lugar en Santa Fe, Praga o Estocolmo. La multiplicidad de nombres propios sugiere una lógica donde prima lo particular pero también hay juego para imaginar una necesaria universalidad de las historias de vida que se cuentan.

Ubaldo Pérez Paoli construye, por declarada convicción, un estilo de relatos fragmentarios donde prima el palimpsesto. En un cuaderno de apuntes guardo líneas que pertenecen a una carta donde Valéry escribe que “es extraño como la sucesión de los tiempos transforma toda obra, por ende, a todo hombre, en fragmentos. Nada entero sobrevive; exactamente como en el recuerdo, que nunca es más que residuo y sólo es preciso cuando es falso”. Doy vuelta la página y leo que Chateubriand cuenta la manía de alguien que “cuando leía, desgarraba de sus libros las hojas que no le gustaban, teniendo así una biblioteca para su uso, compuesta de obras recortadas, encerradas en tapas demasiado grandes”.  Además de citas la obra de Pérez Paoli sugiere que la vida es un tejido de olvidos y recuerdos, fragmentos recortados por las tijeras del tiempo. Avanzamos llevando con nosotros tan sólo ruinas, nada sobrevive entero. Pero este escritor maneja sus tijeras sin darle cuentas a fatalidades inoportunas o dioses menores.

La noción de fragmento que definen estos relatos siempre implica una separación de algo mayor. No permiten conocer todo el conjunto sino una parte, “defragmentamos” cada párrafo que leemos  para encontrar nuevos significados en la página siguiente. Porque la realidad, si existe tal cosa, está troceada. Al llegar a la última página de Diez casos interruptos y otras perplejidades cabe suponer que vivimos arriba del árbol de Porfirio y jamás nos atrevimos a bajar.

El físico David Bohm planteó el modelo holonómico del funcionamiento cerebral, una suerte de desguace de la conciencia humana. Sensorialmente podríamos percibir el “orden explicado” de los sucesos, pero habría otra disposición velada que circula por debajo de los puentes, escondiéndose, encorvada sobre si misma, como un personaje escapado de una película expresionista alemana. También el fragmento es el género característico del romanticismo germano.

Cuando terminé de leer Diez casos interruptos y otras perplejidades pensé, mejor dicho encontré otra nota en una de mis libretas de detective perdedor, donde pone que construimos el edificio de nuestras certezas con “ladrillos atómicos”, y terminamos viviendo dentro de cuatro paredes con muchos agujeros.

Creo que Cortázar dijo algo así como que la coherencia es algo que siempre alegra, vaya a saber por qué.

Esta obra que ha cincelado Ubaldo Pérez Paoli, no fue publicada en soporte papel sino en formato digital por Aurora Boreal®, una editorial independiente que desde Dinamarca edita en castellano y danés. Comparto el link para descargar el libro y disfrutarlo en el móvil o la tablet en un autobús de Buenos Aires, Barcelona o Santa Fe.

https://gourmetboreal.com/tienda/cuento/diez-casos-interruptos-y-otras-perplejidades/

[1] El texto completo de Szretter, asiduo colaborador de Kitschfilm, en breve será publicado en este blog. Difundiremos en redes cuando esté disponible online.

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