Amanece que no es poco

Puerto Rico

Comparto las opiniones del escritor Alberto Szretter sobre Kitschfilm enviadas desde la ciudad de Puerto Rico a orillas del Río Paraná. En Misiones primero llegó la reseña de Café Azar, actual director de cultura de Posadas, luego el artículo de Osvaldo Mazal, autor y académico referente del NEA, y ahora se suma este análisis de Alberto Szretter, novelista que acredita una reconocida y vasta obra. Entre unos y otros hemos leído nuestros libros y blogs, dialogado durante encuentros y entrevistas radiofónicas, en fin, abrimos una rendija de difusión literaria. Apertura que otros/as comunicadores también sustentan en periódicos, webs y emisoras de radio. Sin embargo el noreste de Argentina es una región de Sudamérica pródiga en todo tipo de creación artística, aunque un tanto rezagada en el consumo de sus producciones por parte del público local.

Peter Sloterdijk escribió que “los libros, dijo una vez el poeta Jean Paul, son voluminosas cartas a los amigos. Con esta frase llamó él por su nombre de modo refinado y elegante a lo que es la esencia y función del Humanismo: una telecomunicación fundadora de amistad por medio de la escritura.” Dos años después de haberse editado Kitschfilm en Málaga (Ediciones El Transbordador, 2018) esta afirmación del provocador filósofo alemán se confirma a unos once mil quilómetros de distancia.

Haber investigado sobre la vida de un personaje que es casi una leyenda urbana con derivaciones en el resto del territorio, incluyendo Paraguay, no me resultó fácil. Escribí con ciertas prevenciones, nací en Buenos Aires y contaría cosas de una historia regional muy distante en el tiempo y el espacio. Suficientes motivos para estimular susceptibilidades. Pero Kitschfilm fue bien recibido cuando lo presente a fines de 2018 en la ciudad de Posadas, y dos años después sigue generando “una telecomunicación fundadora de amistad por medio de la escritura”.

Todo esto le sucedió a Szretter luego de leer Kitschfilm… Gracias Alberto.

Evidentemente Carlos Piegari nos quiso complicar la vida.

Ha presentado un libro que se llama Kitschfilm (ediciones El Transbordador, 2018, Málaga, España). Es que uno está acostumbrado a leer libros convencionales, quiero decir, historias, cuentos, biografías ajenas o propias, realidad o ficción, con un desarrollo usual, un molde sabido. Libros que pueden tener la cronología alterada pero acostumbran a un derrotero que conviene a la fábula o a la vida concreta, que ya está establecida con un cierto patrón de desarrollo habitual. Kitschfilm, no.

Es un libro raro. Su virtud, entre otras, reside en esa anomalía. Uno podría contestar rápidamente a la pregunta de alguien, sobre cuál es la trama, diciendo que el autor nos ofrece la aventura de un germano llamado Adolf Neunteufel; y es cierto, el punto está en cómo la hace. Nunca mejor la aplicación aquí de la frase de que no son los temas lo que definen lo que es literatura, sino el trato del lenguaje, su compaginación, su montaje. El estilo.

Se podría afirmar que Piegari es un investigador, un husmeador, quiero decir, una especie de detective, un escritor que escarba atisbos, documentos, señales, huellas. Hurgó en la vida de un hombre extraño y quizás por eso ha construido un personaje que no encaja en lo concebible. La novedad de su relato no se asienta tanto en los hechos que cuenta, sino en la estructura narrativa.

Gracias al hallazgo en Kassel, de un ejemplar perdido sobre ocho años de captura y caza de animales en la selva del Paraguay, de Neunteufel, Carlos realiza una pesquisa con un estilo que es mucho más que actual, es moderno. Que no es lo mismo. Pero, además, el largo cuento sobre “nueve diablos” empieza, transcurre y concluye con un hombre en la sombra de la ambigüedad, a pesar de lo fáctico, que es incontrastable. Dicho de otra manera, escribirnos sobre un mitteleuropeo al modo de Edgar Rice Burroughs no hubiese sido nada extraordinario, ni producido la levitación en que nos deja Piegari.

Las huellas que va recopilando el autor sobre su personaje están, los registros existen, se halló su libro, hay fotos, testimonios, una serie de datos, pero he aquí que en Kitschfilm los planos se difuminan, los contornos no son muy claros; tal vez haya una muerte misteriosa rondando por ahí, y una culpa; el domicilio en una barcaza en el puerto de Posadas, capital de una provincia también extraviada y como una cuña argentina en el cuerpo de América del sur. ¿No fue Neunteufel igualmente una cuña aria en un territorio de guaraníes? Y eso no es nada. Piegari va modelando a un alemán metido en la selva paraguaya antes de la Segunda Guerra Mundial. Lo descubre luego en el frente oriental, el ruso, y lo describe, en el ir y venir de una bicicleta verde o, regresado a estas tierras salvajes, con un caballo, o por donde se quiera, deambulando en páginas con triples Florianes, en Triples Fronteras, mientras desde una casa rodante en las afueras de Barcelona, o en la vereda de un bar o en cualquier lado (¿importa dónde?) alguien, algunos, le traducen oralmente el libro de letras góticas de pájaros y duendes, de indias enigmáticas de eternos perfiles, de monos y pecaríes.

Y Piegari toma apuntes en su libreta, recibe información, bucea en terreno, entrevista a los hijos del personaje, abre E-mails salidos de Alemania, junta piezas de un puzzle que se va armando a fuerza de literatura. Lo notable es que la exacta biografía de Neunteufel, o incluso los elementos autobiográficos de Carlos que posiblemente se introduzcan en este libro, no interesan. Digo esto último copiando a no me acuerdo quién que aseguró que algo de la vida de los escritores siempre se filtra en sus obras.

Pero sea como sea, lo que vale es la creación literaria de ese universo complejo que son los hombres. Y más los hombres en la selva, o en la guerra, o expatriados en geografías insólitas, o todo junto, que es como decir, un hombre en sí mismo. Peregrinó de la nieve y las bombas a los isipóes que enredan todo el Capricornio. Ahí hay un viraje, o varios, que están señalando lo difícil de un tiempo convulso. Nuenteufel es el ejemplo. Porque este hombre no fue a Paraguay a “hacerse la América”, es decir a amasar una fortuna, posiblemente llegó para encontrarse o para evadirse, para demostrar la potencia de la raza que se supone, todo lo puede; y chocó con aborígenes, con bichos, con un monte áspero, hostil, con un clima calcinante, con el olor a humo de los ranchos sin nombre, con la bruma y el humus. Terminó como un náufrago  sobreviviendo en un bote anclado a la orilla de un río incesante. Y terminó muy humilde, pobre, cruzando con botas de caña larga las calles de una ciudad que no lo comprendió, ofreciendo, para poder comer, a los paisanos alemanes, cuadros tipo naif, infantiles, algunos pintados en vidrios de varias capas, saturados de verdes y con animales y plantas, como un muestrario de ciencia natural; y que también proponía como murales a los comercios misioneros.

¿Qué quiso Neunteufel? ¿Qué quiere en esencia el ser humano? ¿Qué quiso hacer Horacio Quiroga? ¿Qué, Stevenson o Rimbaud? ¿Qué buscó Conrad? O Ulises, que en los barcos de su época podía tardar desde Troya hasta Ítaca no más de una semana, y sin embargo su regreso duró diez años. Los viajes, la soledad, lo desconocido, la lejanía son cosas que tientan a los hombres y mujeres.

Parece que tenemos que andar probándonos a cada rato que podemos vencer la trabazón de la selva o del hielo, del mar o las montañas. Se nos ocurre vestir de guerreros, colgarnos una medalla. Quizás redactar con lupa códigos secretos en la taxidermia íntima de bichos remitidos a Múnich. Tal vez enchastrar pinceles, o despellejar animales exóticos y enviarlos a la civilización para que la gente de esos pueblos centenarios vean la multiplicidad biológica, su fantástico colorido, qué bello es el mundo. Y se nos ocurre escribir. Y todo lo hacemos para pretender ganarle al tiempo ¿Los testimonios le ganan al tiempo? ¿El libro sobre ocho años de caza en Paraguay, quiere vencer al tiempo?

El otro enemigo, el espacio, es más manejable, pero la calaña del tiempo nos tiene agarrados a todos. Es una cárcel. A lo mejor esa prisión haya desesperado al personaje de Piegari, que enfundado con ropa de explorador, simulaba que sus trancos eran largos y seguros.

Yo lo vi pasar en Posadas en siestas como brasas, y lo volví a ver caminar en el libro Kitschfilm. Iba ensimismado con el hornillo de su pipa encendido, mientras afuera el verano lo chamuscaba. ¿Qué iría pensando? Evidentemente algo fuerte lo mantenía inhiesto y callado, eternamente móvil. La estampa se corresponde con las líneas que Carlos trasluce: era el orgullo de pertenencia a un pueblo que circulaba por su sangre. Era la química de la soberbia de la raza blanca. El maridaje de la arrogancia y la aventura, más su afiliación al nacionalsocialismo. Esta fue la actitud de muchos alemanes, él fue uno más, acaso el más sombrío, en adoptar fácilmente una pose de jactancia, de autosuficiencia, de voluntad schopenhauriana de sobreponerse a todo y a todos. Había que levantarse siempre, aunque se haya perdido una guerra y otra, o los sueños se hayan derrumbados como los edificios de las ciudades de su querida Alemania. Hasta podría extrapolar el personaje, ya que estamos con la literatura, a un símil de Zaratustra, que bien podría tronar en Capitán Meza, andar a los machetazos abriendo senderos en la jungla, o erigirse como un tótem parlante en Cambyretá, con un fusil al hombro.

No debo aclarar, por innecesario, que la adhesión al nazismo no fue unánime para todos los alemanes. Hans Magnus Enzensberger nos lo demuestra en Hammerstein o el tesón (Anagrama, 2013). Pero Piegari, más allá de aquel dato político, nos enseña al personaje en cuestión en una bicicleta pintada, sin la moto que vendría a ser un símbolo de poder; condecorado por una seria herida, pero porque lo mordió un oso; queriendo ser espigado, cuando era bajo de estatura; pintando a una infalible reina guaraní en medio de la hojarasca, como si fuera Isabel Sarli en la película India (1960), y a tucanes de perfil con sus picos como falos inmensos y provocadores. Esto es lo que leemos. Pero hay cosas que se sugieren, otras que se ocultan. Y aquí adhiero a la teoría literaria, creo que es de Hemingway, que indica que en una novela es muy importante lo que no se dice. Carlos es fiel a esa norma, pero nos complica hermosamente la vida, como dijimos al principio, cuando lo que escribe no sabemos si es cierto, o en qué grado

¿Por qué “nos complica hermosamente”? Por la sencilla razón de que los lectores tenemos la costumbre, la mala costumbre, la maldita tendencia burguesa de buscar certezas. Y cuando vamos a sentarnos viene Piegari  y nos saca la silla.

Eso. Kitschfilm nos quita de la zona de confort y nos mete con un misterio. Porque, qué hombre no es un misterio. Y más aún un hombre que no era biólogo, ni ornitólogo, ni nada, sino un naturalista aficionado, atraído por Sudamérica, creyendo falsamente en la entre guerra de entonces, y a posteriori del ´45 que, con su familia, en otro país podía hacer una diferencia. ¿De qué? Tal vez de alejarse de sí mismo O de hallar su temple de hierro, vaya uno a saber, desplazándose de un lugar a otro, de aquietar a los animales poniéndoles estopa adentro, como si fuera factible apaciguar, endurecer, freezar a la naturaleza, y a la naturaleza de la abigarrada selva paranaense, nada menos.

El libro posee pasajes preciosos, de todos me quedo (y termino) con este (página 189): “Dentro de aquella lente que (Spinoza) comenzó a pulir se habían manifestado pasiones tristes. El miedo y la esperanza que corroen la vida y la sustancia, la Historia. Y aunque uno gire alrededor de sí mismo como una perinola durante todos los ciclos posibles del espacio y el tiempo, la ceremonia de la muerte será inevitable”.

“Pasiones tristes”. Si Kitschfilm tuviera solo esas dos palabras ya sería un buen libro, pero tiene muchas más que lo vuelven excelente.

Chapeau.

Alberto Szretter

Puerto Rico, Misiones

Enero/2020

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