Invitación al Borgicidio. Apuntes para matar a Borges.

BORGES 3

Alberto Szretter desde Puerto Rico, Misiones, Argentina, se suma al universo Kitschfilm. Aporta este texto en un momento donde el legado de Borges, laberinto infinito, vuelve a ser motivo de polémica.

Jorge Luis Borges leyó a Lewis Carroll. Descuento que de este autor habrá leído “Silvia y Bruno concluida” en inglés, porque hubo pocos ejemplares de esa novela que fue un fracaso literario y de ventas. Carroll era matemático (y fotógrafo y otras cosas) pero le gustaban las paradojas y el absurdo. Lo más conocido de esa historia frustrada y olvidable es la canción del jardinero loco, que con unos versos muy sencillos, elementales, yo diría, canta que lo que se ve no es lo que se ve. En otra parte de la obra menciona la imposibilidad y lo insensato de hacer un mapa a escala 1:1

Sobre esta parte, el escritor argentino ¿lo plagió? ¿copió la idea?

Pregunto porque Borges escribió un minicuento, la verdad también bastante flojo, titulado “Del rigor en la ciencia”, donde plantea exactamente lo mismo que Carroll, la cuestión impracticable y estúpida de realizar una cartografía tan desmesurada donde, por ejemplo, el mapa de un imperio sea el imperio mismo.

No molesta la reelaboración de un argumento (tantos temas en el mundo no hay), pero hubiera sido elegante alguna mención al autor de Alicia en el País de las maravillas. Raro en Georgy ¿no? tan fino él, tan atento y de gentiles modales, cuya costumbre era desmerecerse a sí mismo, lo que elevaba su fama; a la que debe sumarse su talento, que indudablemente tenía, pero que ahora tratamos -atrevidamente- de regresarlo a la tierra.

Más raro es que se le haya pasado por alto (realmente me pregunto si se le escapó, porque era un viejo zorro sabio, que se hacía el ignorante) la traducción del último verso del Acto 5, Escena 5, de Macbeth, de Shakespeare.

Digo, porque don Jorge Luis se refiere a la tragedia, en ese punto, con los términos de “el sonido y la furia”, que yo estimo equivocados, ya vamos a ver. Pero por otro lado, reseña al libro escrito por William Faulkner (al que decía admirar) con igual representación, como “el ruido y la furia” o “el sonido y la furia”.

Es sabido que el autor norteamericano tomó esa frase para el título de una novela. Bueno, está bien que la modifique y haya hecho lo que quería; está en su derecho. Pero el escritor argentino, que leía y hablaba antes que en español, en inglés, y hasta en celta, no debió haber asociado -creo yo, modestamente- “sound” con “sonido” en el contexto de la obra de teatro.

El encabezamiento de Faulkner ya venía editado así y, la verdad es un hermoso título. En muchos ejemplares figura “el ruido y la furia”.  De cualquier manera hay que recordar que el primer capítulo de esa obra está relatado por Benji, un deficiente mental. Aquí tenemos un indicio. La familia Compson a la que pertenece el muchacho está llena de infelicidad y dolor, de desencuentros, de desintegración, hay escándalo, movimientos, olores, inquietud, alteración y luchas internas, y discursos a veces sin sentido ¿Quiso Faulkner decirnos a través de Benji que el mundo es así, y por eso tomó los versos del poeta inglés? Deducimos que sí. Ahora, qué le pasó a Borges con el gran dramaturgo.

 Life´s but walking shadow, a poor player

That struts and frets his hour upon/

the stage

and then is heard to more: it is a tall

told by an idiot, full of sound/

and fury

signifying nothing.

Pero la vida no es más que una sombra que/

que pasa, un pobre cómico

que se pavonea y agita una hora sobre las tablas

y que después no se le oye más: es un cuento

dicho por un idiota, lleno de sonsonete/

y rabia

que nada significa.

La Editorial Aguilar lanzó una reedición en 1949 de las Obras Completas de Shakespeare, en “papel biblia”. En la página 1625 del libro los versos finales en cuestión fueron traducidos: ¡(que la vida es) un cuento narrado por un idiota con gran aparato, y que nada significa! La cursiva es mía. Hay otras ediciones donde se sigue imprimiendo “el sonido y la furia”, la traducción habitual y ya instalada, Borges mediante.

Yo uso la palabra “sonsonete” para decir en castizo lo que sería “bla, bla, bla”. No ignoro que es una palabra sin prestigio poético, pero no sé de qué otro modo podemos decir algo que “nada significa”, que es una cantinela, un discurso lleno de palabrería, vacuo. En Argentina se suele escuchar “sarasa”, pero si vamos al diccionario esta palabreja posee otra acepción. Habría que preguntarle a Macri, que parloteaba sin contenido. Es bastante difícil la oratoria estrafalariamente vacía, hablar y hablar y no decir nada, porque el lenguaje quiere, ¡anhela! un sentido, ya que es la inteligencia (aún la de un asno) la que se expresa.

“Fury” podría literalmente ser “furia”, y también rabia o locura (madness). Aceptado.

Pero opino que no podría ser “sound” igual a “sonido” porque en el contexto de cómo venía el diálogo (hay que leer toda la obra que es bellísima ¡y terrible!, o por lo menos ese Acto y esa Escena) el idiota que nos cuenta lo que es la vida, dice que la vida es pura cháchara y violencia.

Para mi, que me disculpe Georgy, “Full of sound” no es lleno de sonido, sino que se acerca más al término inglés “noise”, en la idea de que es una fluctuación al azar de ruido repetitivo que oscurece la coherencia de algo, o que no contiene significado o datos o información, como reza el Longman Dictionary. ¡Justamente como recitaría un tonto!

Además en otro mataburro, libraco de consulta de la ONU, el Concise Oxford Dictionary, que tiene más de 24.000 entradas y 1728 páginas (muy conciso no es) dice que una acepción de sound es “mere words”, meras palabras, o sea, lata, monserga, el bla, bla, bla de arriba. ¡Esto es, seguro, lo que deseó Shakespeare que declamara su Macbeth! Y no se equivocó el bardo de Stratford-upon-Avon cuando escribe “full of sound”.

Perdón, don Borges por señalar el zurcido, como decía mi abuela. A favor de nuestro poeta podríamos decir que “sonido” queda mejor. Pase. Pero no es el espíritu del parlamento. Aquí se puede discurrir sobre la eterna lucha de los traductores: la literalidad o “el alma” de un escrito, puesto a ser trasegado a otro idioma. Lindo tema, pero nosotros tenemos otro cometido.

En estos días que se está disputando quién es más borgiano o algo parecido, a raiz de una donación[1], que es robo y que no es robo, yo estimo que es prudente no comprometerse con la querella de los bandos, y que lo mejor es, alejándose de don Jorge Luis, matarlo.

Hacer un acto de parricidio literario, liso y llano.

Para eso es bueno denostarlo como copión a destajo (de Caroll) y afirmar que era flojo en inglés, así jorobamos a sus fanáticos desde la Kodama[2] hasta el Vaccaro[3]. Porque la literatura puede tener mil funciones o no tener ninguna, pero si hay una, esa es molestar.

Él sabía que la traducción es indefectiblemente una traición. Dominaba el asunto. Escribió El tema del traidor y del héroe. Pero además traicionó a su amigo José Bianco cuando haciendo la presentación de Las ratas, revela quién fue el asesino, que la trama oculta hasta las páginas últimas del libro. Contó el final, ¡increíble!

Pero ¡Basta! ¡Terminemos con este escrito!

Es decir, terminemos con Borges. Que es lo que se debe hacer para sacudirse esa especie de enfermedad descontada y endémica que se sufre en el ambiente escritoril y se llama borgismo (que consiste, sin crítica, en alabarlo sin haberlo leído, o sin haberlo leído mucho). Un día de estos vamos a observar algunas poesías suyas que estimamos muy cerebrales, como si resultaran construcciones intelectuales gélidas, carentes de emoción, de vida; ingeniosas pero sin vibración, sin alma.

Decimos que para sacarse al bueno de Borges hay que conocer los apuntes que se mentan acá (más los que agregaría otra gente), que lo bajan algo del bronce. Un modo de dejar de estar influenciados, decimos: herirlo en un costado. Otra forma es leer a otros autores, Saer, por ejemplo, que es extraordinario.

Para ir concluyendo, un broche como buen remate (sin juego de palabras), redondo, sería hacer la vuelta carnero que justamente nos enseñó el mayor escritor argentino, o sea, volverse cíclico (un sublime recurso de ser infinito, que es lo que todos queremos): mencionar al final algo que va al principio: el prólogo.

Porque Prólogos es -justamente- una recopilación que hizo Torres Agüero en 1975 de escritos de Georgy, 40 en total, después se agregaron más. Pero este libro tiene una introducción que -claro- se llama también prólogo. Típica jugada en espejo del poeta y cuentista.

En una parte escribe sobre el ajedrez onírico de Carroll (no sobre su cartografía delirante), la voz continental de Walt Whitman, la eleática postergación de Kafka, el humo y el fuego de Carlyle, precursor -dice- del nazismo, la sonriente mística de Macedonio Fernandez, el mito genial de Facundo, el sueño de Cervantes antes de la segunda parte del Quijote, etc.

y … el sonido y la furia de Macbeth (sic).

[1]El empresario farmacéutico y escritor Alejandro Roemmers ofreció al reciente gobierno electo que asumió el 10 de diciembre de Alberto Fernández la donación de 6.000 mil libros y manuscritos de J.L. Borges.

[2]María Kodama es la viuda y albacea de Borges. Dice que el material de la donación es robado.

[3]Alejandro Vaccaro es el presidente de SADE (Sociedad Argentina de Escritores) experto en Borges y que apoya la donación.

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