Vivir dentro de una maceta

MACETA

Kitschfilm creció y ahora hace lo que quiere. Revuelve los cajones de mi escritorio, hurga en las carpetas de los ordenadores, rastrea en blogs que abandoné. Esta semana abro una página en blanco del Word y Kitschfilm me encara mal, amenaza con delatarme pues descubrió que hace unos años leí La identidad cosmopolita de Norbert Bilbeny. No me dejo chantajear y le respondo que es cierto, lo enfrento, que aquella lectura me indujo a preguntarme ¿por qué uno se obsesiona con eso de “mi tierra” o “mi país”? Que vendría a ser algo así como “mi osito de peluche”, “mi cunita” y “mi gatito” de la niñez. Claro que cuando andamos ya por los diez años preferimos darle besitos, en vez de al dulce osito, a nuestra novia o novio; también comprendemos que es necesario cambiar la cuna por una cama cuando pasamos a medir más de un metro de altura y que, luego de un tiempo prudencial pues comienza a oler fatal, habrá que enterrar a nuestro querido gatito ya que su ciclo vital ha concluido. Pero ¿por qué nos cuesta tanto liberarnos del estribillo machacón de “mi tierra” o “mi país”?

El pesado de Herr Kitschfilm no recula y me suelta que soy un oportunista, aprovecho que hace como diez y seis años estoy con la cuestión de la independencia de Catalunya, que lo del Brexit, que lo de la bipolaridad argentina, que lo de ir y venir me transformó en un Nowhere man. Le respondo que todo bien, reconozco que la territorialidad es una necesidad humana adquirida biológicamente. Animales y seres humanos buscan patrias que les presten abrigo y alimentación. Unos se las apropian marcándolas con orines, algunos con muros y otros desenrollando alambres de púas (estupendo golpe bajo lo de los “alambres de púas”, se da por aludido).

Sigo como si tal cosa. Gracias a estas costumbres se legisló que “es del territorio el que está en el territorio”. Pero todo fue a peor con la etnoterritorialidad excluyente, como fundamento de todo derecho a pertenencia. Los campos con trigo donde cantan los pajaritos son de los rubios y los pantanos infectados de cocodrilos de los negros. Y no es así. Por supuesto que tengo que explicarle que a mí decir la palabra “negro” no me preocupa. Que también me han dicho “blanquito eurocéntrico” y me la banco. Más me alarman los eufemismos culposos y los fundamentalistas de la diferencia. Le recomiendo que lea a Ernesto Laclau.

Contraataco. El territorio es un uso, no una propiedad. Lo que hace que un lugar sea sentido como nuestro es el modo de usarlo, porque la territorialidad es una forma de relación con el espacio basada en finalidades. Somos seres territoriales porque actuamos como grandes consumidores y necesitamos recursos de continuo y estos, en este planeta al menos, son limitados. Bueno, de todos modos ya no queda casi nada porque nos cargamos todo. Por eso desde siempre hemos invadido y colonizado. Yendo hasta los pantanos como de la cama al living, esclavizando a los negros y convirtiendo a los cocodrilos en zapatos de Ricky Sarkany.

Pero para mucha gente actualmente pertenecer a un sitio tiene más que ver con el permanecer que con el querer. Tal el caso del que emigra por cuestiones políticas, de identidad sexual o económicas. Porque, como en otras especies animales, lo que cuenta como otro elemento suplementario de la pertenencia es la adaptación: si podemos, nos dejan y, finalmente, si queremos quedarnos en un sitio. La pertenencia a una comunidad no es sólo un factor objetivo, sino también subjetivo.

Si bien compartimos un amplio porcentaje de cualidades con los mamíferos superiores, nos diferenciamos por la forma de vincularnos con el entorno. El animal se sirve del instinto nosotros de la cultura. Entonces inventamos la ciudad amurallada, una construcción cultural que operó como defensa ante el riesgo de enfrentar el reino de la necesidad que desde los bosques nos acechaba con ojos rojos de lobo feroz.

Retomando el concepto de que la pertenencia también se basa en la capacidad de adaptación a determinado medio vital, cabe destacar que esto se va logrando a partir de diferentes “tomas de posición” ante un territorio o lugar. No vivimos enraizados como un árbol. El ser y el estar humanos son una “posición” no un mero anclaje. La pertenencia es un proceso. Y lleva su tiempo. De todos modos no estoy tan seguro de esto porque demostraría nuestra supina ignorancia sobre el rol que los árboles protagonizaron antes del cristianismo. Los bosques fueron la protoweb y la selva un hipertexto. Los seres humanos seríamos nada más que plantas embutidas en una maceta, psiquismos enterrados dentro de cuerpos, prolijamente organizados en países como si el planeta fuera un jardín francés.

Herr Kitschfilm mire usted, para mí la patria es donde uno quiere estar porque se siente bien. Lamento que hayamos convertido a las ciudades en macetas, tiestos o floreros. Conviene, de vez en cuando, saltar hacia abajo del paraíso.

Imagen: Sonia Abian. Barcelona 2006

2 comentarios en “Vivir dentro de una maceta

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