Rompan todo

ROMPAAN TODO

Este fue el título de un hit de Los Shakers a mediados de los sesenta. ¿Canción premonitoria del actual caos global? Chile, Hong Kong, Barcelona, Quito, París, Lima, Beirut, quizás después de las elecciones del domingo ¿Buenos Aires? El arte de todas y todos en las calles, movimiento constante, huracanes de violencia instantánea. Kitschfilm desencadenado.

Recuerdo el libro-reportaje realizado a dúo entre Paul Virilio y Bertrand Richard: La administración del miedo (Paidos). Hace unos pocos años Virilio (1932) reflexionó sobre la tecnología y cómo fue desarrollada en relación con la velocidad y el poder. Profundiza las implicaciones omnímodas del movimiento y lo relaciona directamente con la paranoica propedéutica que instaló en el imaginario social un catálogo de amenazas: “Caos climático, pánico bursátil, fobias alimentarias, pandemias, crack económico, ansiedad congénita, miedo existencial…” Un vademécum de infortunios que, hasta ahora, nos paralizó. Cometimos el error de dejar en manos de unos pocos la gestión y administración de nuestros miedos que fueron utilizados para impedirnos disentir. Esto parece haber llegado a su fin y salimos a la calle en masa. Desaforados, indignados, queremos romper todo, recuperar lo que nos birlaron sin darnos cuenta.

Virilio consideraba que el hecho de vivir en un mundo precipitado hacia adelante sin freno y con una aceleración obstinada y exponencial había reducido el tamaño del planeta para la humanidad. Los seres humanos intuyeron la fuga de un espacio circundante que se volatilizaba, y también privatizaba, a medida que todo se movía a mayor velocidad. Esta aceleración en loop generó un estrés viral, turbación cegadora que nos colmó de vértigo y desorientación, también pérdida de libertades.

Sin embargo ¿todas las sociedades comparten el mismo viaje en esta montaña rusa desbocada? Hoy pareciera que sí, el vórtice de la desigualdad chupó sociedades desde Chile a Francia, fue más allá en China, cruzó por Ecuador y España, se dolarizó y precarizó (una vez más) en la Argentina. No insinúa remitir en el corto plazo.

La construcción de futuribles programados, plenos de riesgos, amenazas y peligros generó pánicos colectivos que “justificaron” la dominación política a través de unas normas de seguridad excepcionales, actualmente cronificadas. Hoy queremos quitárnoslas de encima, como Houdini su chaleco de fuerza, y no resulta fácil. Me pregunto, ¿Cuántos millones de cámaras de seguridad y drones hay funcionando en el mundo? ¿Quiénes fabrican y venden esta parafernalia? Las tecnologías disuasorias (con inteligencia artificial incluida) fueron creadas para enfrentar el terrorismo fundamentalista, ahora también se aplican a la ciudadanía que osa confrontar con el sistema. Nuevo mercado para los gadgets militares de la prevención represiva: las fuerzas de seguridad que agarrotan las reivindicaciones civiles locales. Aunque la coacción en las periferias sigue usando la ignominia analógica de la tortura, la violación y las detenciones arbitrarias como en Chile.

La aceleración exacerbada de la vida fue algo que no todos pudieron controlar. Nuestras patologías del miedo fueron administradas por las elites que lograron gestionar económica y políticamente estas tensiones, acumulando mayor poder público y privado.

Virilio previó que nos estábamos transformando en unos minusválidos perceptivos, por vivir dentro del cuadro de una pantalla nos autogeneramos un “glaucoma televisual”. Anulamos nuestra visión lateral, la intuición del fuera de campo. “No es casual que los animales tengan los ojos situados a cada lado de la cabeza. Para sobrevivir hay que saber anticipar lo inesperado, porque lo inesperado nunca llega de frente. Los depredadores atacan por los lados o por detrás.”  No vimos venir el recorte metódico de libertades individuales y colectivas.

Hoy, los administradores del miedo soltaron los perros del infierno. Pero las calles no están vacías.

 

 

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