Mark Twain asesinó a Sherlock Holmes en California

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En Barcelona cada vez hay más personas ancianas, un porcentaje se va muriendo pero de inmediato otras se trasforman en nuevos viejos y ocupan su lugar. Los viejos aún después de muertos generan trabajo: hay que vaciar sus pisos lo antes posible, para venderlos o alquilarlos. De esto se ocupan sus hijos, hijas o nietos que, generalmente, están desesperados porque son desempleados. Se negocia lo que tenga algún valor y lo que no se tira a la calle. Los objetos que destacan al pie de los contendedores de basura, son libros tan longevos como sus lectores, recién envasadas sus cenizas en urnas que nadie de la familia quiere guardar.

Me suelo detener a revisar estas pilas de desechos impresos. Siempre encuentro algún libro que llama la atención y me lo llevo. Además de ser ediciones antiguas, tienen bonus track: dedicatorias manuscritas, anotaciones y llamativos separadores de páginas (envoltorios de bombones, tarjetas postales, tickets de autobuses, fotos…). Hace unos días encontré un volumen pequeño del año 1942, Dos detectives ante un barril (1902) de Mark Twain, editado en Barcelona por Ediciones Alba. No pertenece a las obras destacadas del autor norteamericano, no supera las 118 páginas y queda a mitad de camino entre una novela breve o un cuento largo. El ambiente, los personajes y las peripecias son las que construyeron el estilo tradicional de Samuel Langhorne Clemens (USA 1835-1910), tal el verdadero nombre de este exitosísimo escritor que vivió alternando el reconocimiento literario en vida, el fracaso económico permanente y la tragedia familiar constante.

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Promediando la lectura un personaje inesperado se cuela caído del cielo: Sherlock Holmes. Sin prejuicios literarios Mark Twain instala a la lumbrera creada por Arthur Conan Doyle (Inglaterra 1859-1930) en un campamento minero de California a principios del siglo XX. A partir de esta inesperada intrusión, la que parecía ser una novelita costumbrista yanqui se transforma en una caja de sorpresas.

Al comenzar la historia un psicópata llamado Jacob Fuller humilla día tras día, vengándose del despecho de su suegro, a su esposa. Hasta que una noche la ata a un árbol, la amordaza, con un látigo le cruza el rostro, y le lanza sus sabuesos que le destrozan las ropas y la dejan desnuda a dentelladas, la víctima alcanza a gritar que está embarazada pero el marido escapa. Al amanecer la rescata desfallecida la gente del pueblo. La escena de folletín romántico no tiene nada, puede que Twain intentara sugerir la violencia de género de la época ya que en 1870 se casó con Olivia Langdon cercana al activismo por los derechos de las mujeres.

Pasan los años y en 1888 la víctima y su hijo viven, con otros nombres, en un pueblito de Nueva Inglaterra. El chico se llama Archy Stillman y tiene el raro don de ver en la oscuridad y oler lo que otros no pueden, según su madre tiene las cualidades de un perro, heredó el olfato de los mastines que la atacaron cuando fue atada al árbol. Twain otorga a Archy una patología que no será diagnosticada hasta mucho tiempo después: la hiperosmia, aumento cuantitativo de la percepción de los olores. Un trastorno que recuerda El perfume: historia de un asesino, (1985) la novela del escritor alemán Patrick Süskind y nos guía hasta The Sniffer, la serie ucraniana estrenada este año.

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Mark Twain fue un estándar de la época, se interesó por la parapsicología pero también por la ciencia, la investigación científica y las nuevas tecnologías, siendo amigo de Tesla y Edison. Se podría considerar que su obra Un yanqui en la corte del Rey Arturo flirteó con la ciencia ficción.

Pero regresemos a Sherlock Holmes trasplantado en un polvoriento campamento minero. La trama llevará a que un crimen, cometido por un sobrino del detective que se llama Fetlock Jones, oponga la intuición paranormal de Archy a la lógica deductiva de Sherlock. Creo que un reflejo de la competición interna de creencias que el mismo Mark Twain sobrellevó durante su vida. Pero la osadía narrativa alcanzará su clímax cuando Sherlock Holmes, culpado de cómplice, esté a punto de morir linchado en una hoguera por una horda de mineros.

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El tema de las muertes de Holmes es una cuestión especial en su mitología. Cuando el escocés Conan Doyle escribió El problema final en 1893 pretendió deshacerse de su héroe para siempre, se hunde en las cascadas suizas de Reichenbach y, presuntamente, muere. Pero los fans se soliviantaron y en 1903 en La casa deshabitada serena a los lectores con la excusa de que Holmes no había caído en la garganta infernal sino que todo había sido un montaje para eludir al maligno Moriarty. Mark Twain se burla de las siete vidas de Holmes y pone en boca de uno de los personajes que “El Hombre Extraordinario”, ha vuelto a morirse esta vez en San Bernardino donde lo ahorcaron, “confundiéndole con otro hombre”. Lo cual resulta no ser cierto porque Sherlock Holmes, finalmente, es rescatado de la turba por un justiciero sheriff. Sucesos que no responden a la lógica de la vida en las minas, resoluciones sobrenaturales para crímenes diseñados científicamente, ¿Kitschfilm impiadoso sobre las novelas de misterio?

En 1943 Rose y Conchy (con Y) le regalaron a su amiga María Teresa este libro, setenta y seis años después lo encontré tirado en el cordón de la vereda en la esquina de mi casa.

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