“Los indios estaban cabreros”… Hoy, mucho más

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En un hilo de Facebook se desarrolló un diálogo sobre la etnia Cainguá del Alto Paraná que en Kitschfilm está presente porque Adolf Neunteufel durante los años treinta, tuvo breve contacto con esta tribu y otro, un poco más intenso, con los Guayakíes. Así lo cuenta en su libro Yasí-yateré Acht Jahre Tierfang und Jagd im Urwald von Paraguay – Yasí-yateré, ocho años de captura y caza de animales en la selva del Paraguay (Brockhaus, Leipzig 1941).

A pedido del moderador del intercambio de opiniones en esta red social, aporto algunas referencias que pueden leerse completas en el libro Kitschfilm (Ediciones El Transbordador, Málaga, 2018).

En un capítulo Neunteufel relata una accidentada travesía en el monte recién casado con Anny. Alguien les “consigue” un indio cainguá, que conocía el territorio, para que los oriente. Luego de una primera etapa muy difícil, reinician la marcha, se adentran otra vez en el matorral de tacuaras que los desespera, pero ahora avanzan mucho más rápido. El indio abrió un sendero por el sotobosque y hasta pudieron cabalgar un trecho bastante largo. Llegaron a un arroyo que el cainguá llamó Mandiviyú pero con el pretexto de que no conocía por donde vadear la corriente, quiso abandonarlos allí. Anny le habló dulcemente y logró sacarle la verdad: tenía miedo de la tribu que vivía del otro lado. Contó que eran los guayakíes. Poco tiempo atrás un grupo de los suyos cruzó el arroyo, mataron a su hermano y se lo comieron. Neunteufel dudó al principio de la excusa pero en su libro afirmó, apelando al imperativo categórico de Kant, que “los indios no suelen mentir, tienen un código ético que les exige comerse al enemigo. Ya sea el rival un hombre, un jaguar o una ladilla… se lo devoran igual, porque siempre hay que comerse al enemigo.” Anny le preguntó al guía si él se merendaría un guayakí, y el indio por respuesta esbozó una leve sonrisa. Neunteufel le ofreció más dinero al que bautizó como “nuestro pequeño hombre del bosque”, pero el cainguá no aceptó seguir con ellos, se despidieron alzando los brazos.

Cuando Neunteufel escribió sobre los indios no cargó las tintas, quizás no encontró la suficiente inspiración intrépida y, hasta intuyo cierta falta de empatía racial. Ilusiona al lector cuando titula un episodio: La búsqueda de los desconocidos indios guayakíes. Las primeras líneas crean una atmósfera de aventura y misterio tribal. Avanza lento a través de un arroyo, el Yakuí, solo en la canoa va tras el rastro de los aborígenes. Sabe que son recelosos y escapan del hombre blanco, pero logra ver algunos entre unos matorrales no muy lejos de la orilla. Salta fuera de su chalana y sale corriendo tras ellos. Les grita, intenta que se detengan. Uno deja de huir, se da vuelta, le apunta con un arco y le tira una flecha que le pasa rozando la boina. En ese instante Neunteufel comprendió que debía abandonar la búsqueda de los “desconocidos” indios guayakíes. Regresó a la canoa y remontó el arroyo, esta vez remando velozmente, hacia un lugar más seguro.

Su relación con los Aché guayakí no terminó aquí.

 

  • “Los Indios estaban cabreros” (1958) es una obra teatral escrita por Agustín Cuzzani. En 2008 La familia Cuzzani denunció a Federico Andahazi por supuesto plagio de esa obra.
  • La ilustración fue realizada por Adolf Neunteufel e incluida originalmente en el libro Yasí-yateré Acht Jahre Tierfang und Jagd im Urwald von Paraguay – Yasí-yateré, ocho años de captura y caza de animales en la selva del Paraguay (Brockhaus, Leipzig 1941).

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