El YO de ESO

alfajor 2

Herr Kitschfilm, “el señor Pelicursi” según un amigo que sabe mucho de filosofía, (¿Verdad que suena como apellido italiano?), ahora se cuela en mis viajes y me sigue escondido en el equipaje. Recién llegados al Alto Paraná vamos al supermercado y en la góndola de los dulces descubrimos la verdad recreada. ¿Quién no tiene culpa? ¿El que se come el alfajor o el espíritu del pastelito?

La triada OOO define una tendencia de pensamiento: la ontología orientada hacia los objetos. La ontología metafísica es la rama de la filosofía que se ocupa de todo lo que hay, los universales y particulares, los entes, aunque siempre girando alrededor del ser humano egoico con esa manía de preguntar siempre desde su yo. Pero la OOO es anti antropocéntrica y apunta a lo no humano. Comete la osadía de incluir a los objetos en ámbitos políticos, físicos y filosóficos, según Timothy Morton[1] “los humanos son sólo una forma de vida entre muchas otras”. Por lo tanto un alfajor puede reclamar para sí mismo la posesión de un psiquismo y sesiones de terapia para tratar su relación de amor-odio con el dulce de leche.

Por ejemplo ¿quién ordenó que la palabra “Benjamín” fuera sólo el nombre de un individuo y “alfajor” nada más que una “marca” impersonal?, mera calificación para una golosina no viviente. “Benjamín” opera como patronímico pero también es mucho más, circunstancias o situaciones. Como diría Morton no es sólo un sujeto sino también un “objeto transicional”. Igualmente un alfajor.

Recordemos al heterodoxo Walter Benjamin (apellido y sin acento). Es un filósofo y ensayista aunque de igual forma el “correlacionador” de la alegoría en el origen del drama barroco alemán. Retrocedemos en el tiempo y nos encontramos con Benjamín (nombre y con acento) hijo del patriarca Jacob que engendraría una tribu israelita de la que formó parte un apóstol cristiano. Y por último citamos a Benjamin (otra vez sin acentuar) Franklin, padre fundador de los Estados Unidos, como ícono de los billetes de cien dólares.

Tres intersecciones entre sintagmas nominales más allá de la función vital otorgada al sujeto por la historia de la “Humanidad”.

Walter Benjamin es alegoría de la tragedia, no interesa como sujeto sino como símbolo, en este caso legitima un trauma, un “desgarro”. El Benjamín bíblico suma una esquirla de infortunio más allá de su nombre naif. Raquel, su madre, antes de morir tras parirlo lo llama Ben Oní, hijo de mi dolor, también puede interpretarse como hijo de la siniestra. Una vez desaparecida su esposa, Jacob le cambió el nombre al niño por Ben iamin, hijo de la diestra, de buen augurio. Benjamín pierde su identidad y se transforma en signo de mentira y traición para una mujer a través del brazo ejecutor del patriarca viudo. El prócer Benjamin Franklin se desvanece como persona y muta en lo más funesto que la especie humana creó: el dinero, “útil” heideggeriano para comprar y esnifar toneladas de muerte en polvo.

Los nombres son cifras que duplican el significado del significante como sujeto y correlato. Un Walter Benjamin es alguien que se suicida en 1940 y también un Auto de Fe de la Inquisición en 1660, otro Benjamín es el jefe de una tribu israelita y luego un sacramento que obliga a que San Pablo sea representado siempre a la derecha de un cuadro porque perteneció a la tribu del diestro que en realidad nació siniestro. El último Benjamin es un político y un inventor en el siglo XVIII y además todo tipo de calamidades cometidas para acumular billones de dólares con su rostro. Ninguno de ellos deseó, quizás soñó, alguno de estos juegos del tiempo donde se relacionaron, en el pasado o en el futuro, con fenómenos donde la persona es sustituida por una “signatura”[2], casi siempre aciaga.

Analogías entre nombres, sujetos, objetos y circunstancias. Intuiciones de Herr Kitschfilm para comprender por qué un alfajor también tiene derecho a vivir sin culpas y no sólo el ser humano que se lo devora…

[1] Filósofo inglés. Su obra, entre otras aproximaciones, considera la crisis ecológica inducida por el antropoceno.

[2] Paracelso. Todas las cosas poseen un sello que oculta sus cualidades invisibles.

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