Kitschfilm en Ganímedes

GANIMEDES OK-2

Varios capítulos de Kitschfilm fueron escritos en un vagón de ferrocarril porque vivía en un pueblo cerca de Barcelona. Nunca podré olvidar cuando el tren se detuvo de improviso dentro de un túnel. La luz oscilaba, percibí una amenaza ominosa, algo imposible de describir me arrojó al pasado. Regresé a Buenos Aires, aproximadamente por el año 1969, al aula donde cursaba matemáticas. Una de mis pesadillas recurrentes, aún después de superar los cincuenta años de distancia y coleccionar cientos de culpas para disfrutar de los mejores malos sueños posibles.

Siempre conté con los dedos y los teoremas me resultaron tan herméticos como las instrucciones para armar muebles de IKEA. Anhelo cruzarme con Pitágoras, pegarle una patada en los huevos y hacerle piquete de ojos, le tengo un asco de órdago a las matemáticas ¿Queda claro?

Bueno, la cuestión es que por aquellos años dictaba matemáticas un profesor muy sádico pues solía rematar las soporíferas lecciones conectando con su pasión por todo lo que tuviera que ver con aterradoras invasiones extraterrestres. Nunca entendí por qué, tal vez fuera la parte más cruel del suplicio al que nos sometía durante sus clases. Lo mío iba de gótico, Poe, Lovecraft, Conan Doyle… Pero había que prestarle atención y sonreír. Cursaba el último año y se acercaba la titulación final. Todas las otras materias estaban, más o menos, bajo control, matemáticas no. Me la llevaba directo a marzo y, como sería incapaz de aprobarla jamás, la arrastraría suspendida durante toda mi vida. Nunca obtendría el título de la escuela secundaria y ni que hablar de entrar a la universidad. Yo mismo me condenaría a ser lo que, finalmente… fui. Pero la solución llegó de manera sorpresiva, algo que nunca sucedía frente a un problema aritmético.

Un buen día aquel profesor excéntrico concluyó su clase revelándonos que los alienígenas, en realidad, no eran oriundos de Marte sino de Ganímedes. El buen hombre remató su monólogo absurdo confesando que existía un libro que se llamaba El secreto de Ganímedes, y que el sueño de su vida consistía en poder adquirirlo algún día, sin importarle el precio que debiera pagar.

Cabe mencionar que por aquellos años no existía aún Amazon ni Ebay. Por lo tanto, la única forma de rastrear una obra literaria agotada era explorar las librerías de viejo, precisamente, algo que ya solía practicar un par de veces al mes y luego se transformó en mi deporte favorito. La cuestión es que cierta tarde de invierno, en una de esas cuevas oscuras y húmedas donde se atesoran miles de libros antiguos en el corazón de Buenos Aires, la hoy destrozada avenida Corrientes, ¡me topé con un volumen de El secreto de Ganímedes! Sí, bajo la colección completa de los Mitos de Cthulu descubrí “la magna obra sobre los invasores siderales”. Pero no resultó ser un incunable en papel biblia, sino una novela corta de ciencia ficción publicada en España y escrita por un tal Vic Adams en 1960. Sin dudar un instante, la compré.

Cuando esa semana llegó la tan poco anhelada sesión de tortura con trigonometrías y flagelos por el estilo, allí estaba yo sentado en la primera fila. Y sobre mi pupitre, junto al manual de matemáticas de quinto año de Repetto y Fesquet: El secreto de Ganímedes.

El profesor entró, saludó y, mientras caminaba hacia el pizarrón, pasó a mi lado. Se paralizó instantáneamente. Sus ojos se clavaron en el libro de sus sueños, yo miraba el techo. Luego de recuperar el habla atinó a preguntarme si ese ejemplar me pertenecía y dónde lo había encontrado. Mentí descaradamente, inventándome una historia donde mi familia lo había heredado, junto con otros volúmenes sobre arcanos galácticos, cuando mi abuelo murió y nos encomendó una biblioteca especializada en ufología y enigmas del cosmos. Forcé los límites del fraude y rematé confesándole que, una de las últimas voluntades del querido patriarca había consistido en rogar, para bien de la Humanidad, que difundiéramos sus investigaciones. Y entonces ¡qué mejor forma de cumplir con la misión encomendada que obsequiarle ese “documento científico” a mi estimado profesor de matemáticas! Creo haber contado ya que mi abuelo era analfabeto y que no recibí como legado ni un llavero.

En el preciso instante en que el pedagogo emocionado tomaba entre sus manos El secreto de Ganímedes de Vic Adams, recuperé la conciencia dentro del tren. El convoy retomó la marcha, dejamos atrás el túnel, también Buenos Aires y llegué a Barcelona.

Luego de vivir esta acojonante experiencia de abducción más allá del tiempo y el espacio, busqué información en Internet. Descubrí que el tal Vic Adams en realidad resultó ser el, ya fallecido y admirado, escritor valenciano de “novelas de a duro”: Vicente Adam Carmona. Sin embargo quién se llevó las palmas, a principios de los años setenta, con la cuestión “ganimediana” fue el peruano José Rosciano Holder (Yosip Ibrahim) con Yo visité Ganímedes. Entre estas dos obras Isaac Asimov publicó el cuento Navidad en Ganímedes.

Por si a alguien le interesa, aprobé matemáticas.

 

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