El pozo del infierno

KEHLMANN

Este año se cumple el 250 aniversario del nacimiento de Alexander von Humboldt. El “padre de la geografía moderna”, junto con el naturalista Aimé Bonpland, trajinó Kitschfilm (Página 57). Casa América Catalunya y el Goethe-Institut el viernes 5 de julio proyectaron en Barcelona el filme La medición del mundo (2011-2012) para conmemorar el natalicio del polifacético científico alemán. El libro de Daniel Kehlmann, que da título a la película, formó parte de la bibliografía consultada oportunamente para explicar la pulsión exploratoria de Adolf Neunteufel.

Kehlmann en La medición del mundo recrea la pasión que compartieron Humboldt y Carl Friedrich Gauss: comprender y mensurar el planeta. Uno sale a recorrerlo y el otro se encierra entre cuatro paredes a deducirlo a través de las matemáticas. Era la tendencia, Leibniz por la misma época promovía conocer la naturaleza del universo y cómo la mente humana puede llegar a interpretarla. El todo o nada, la cartografía del absoluto romántico absorbido por un sujeto omnisciente donde los recortes subjetivos no satisfacían, la experiencia intuitiva debía ser total, nada de praxis relativa.

Kehlmann siempre suele sugerir una cierta fascinación por las magnitudes, físicas y temporales. Los abismos terrenales y la infinitud del tiempo cósmico están presentes en La medición del mundo y también en su última obra editada: Tyll. Un incierto personaje histórico atemporal llamado Tyll Eulenspiegel que supo construirse como mito alemán, aproximadamente, hacia el siglo XVI – XVII. Esta vinculación insondable entre tiempo y espacio la establece el padre de Tyll cuando compara un abismo sin fondo con la eternidad del tiempo.

Escribiendo esta entrada para el blog conecto con el siglo XX. El geólogo soviético Y. A. Kozlovsky (un eslavo puede colarse entre tanto germano) publica en la revista Scientific American de 1984 el descubrimiento de “El pozo más profundo de la tierra”. La historia es más o menos así, abstenerse de leer espíritus impresionables.

Resulta que un grupo de investigadores perforaron en Siberia (poco antes de Chernóbil) un agujero de unos catorce kilómetros de profundidad y al aguzar el oído escucharon gritos humanos. ¿Almas condenadas? ¿Habían llegado al tan mentado inframundo? ¿Afloraría a la superficie el averno de las profundidades? Para mayor sorpresa en el fondo de esa mega fosa detectaron temperaturas que alcanzaban los mil grados. Bajaron micrófonos ultrasensibles por el agujero y captaron miles de voces humanas aullando de dolor, nadie explicó como los micrófonos no se derritieron ante tales gradaciones de calor. No importa, la cuestión es que los científicos abandonaron la expedición aterrorizados y declararon que “esperaban que lo que estaba allí abajo… siguiera allí abajo”.

Luego de cada jornada hundiéndose en selvas carnívoras o remontando ríos infinitos, Humboldt, Bonpland y muchos otros también deben haber creído toparse con las tinieblas mefistofélicas desde Venezuela hasta el Alto Paraná, pero no recularon ni entraron en pánico.

Hoy mismo nosotros, todas y todos, ya estamos dentro del infierno tan temido: el cambio climático. Y sin mayores prevenciones programamos nuestras próximas vacaciones hacia la erupción de volcanes ardientes, tsunamis desmesurados, incendios incontrolables, deshielos torrentosos o virus letales. Eso si, no olvidando comprar loción para ahuyentar mosquitos y protectores labiales contra el frío.

¿Fito Páez no cantó aquello de hay un pozo profundo en la esquina del sol, si caes la vida te muele a palos?

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