Salvando al soldado Neunteufel

RYAN

El 6 de junio se conmemoraron 75 años del desembarco aliado en Normandía, el día D. Fue en 1944, ¿Dónde estaba Adolf Neunteufel? Lo más probable es que muerto de miedo, cualquiera en su situación habría anhelado huir. Si por delante lo apuntaba un chico de 18 años, también aterrado, nacido en Nueva Jersey al que le temblaban las manos sobre el gatillo de su fusil y por detrás lo atacaba otro chico de la misma edad nacido en Leningrado que vio morir a su familia de hambre por culpa de los nazis, creo que es posible que ya hubiera desertado de la Wehrmacht  o estaba en eso al menos. Según su finado hijo un supuesto jefe les permitió intentar salvarse de caer prisioneros en manos del chico de Nueva Jersey o del de Leningrado. También es casi seguro que Neunteufel estaba más cerca del despiadado frente oriental y, según su propio testimonio, reagrupó a la familia en París, consiguió un visado como apátrida y emigró a Sudamérica a mil por hora. Todo esto está documentado en Kitschfilm.

La batalla de Normandía no fue una operación menor, tenía como objetivo expulsar a los nazis de Europa occidental pero para esa época los rusos ya habían había liberado todo su territorio y entraban en Polonia, Rumanía y Bulgaria, a un paso de Berlín.

En el año 2010 Paul Virilio publicó un pequeño libro, La administración del miedo (Editions Textuel, París). Fue editado en España en 2012 y apunté unas notas a las que recurrí para escribir Kitschfilm. El texto es un diálogo de Virilio con el sociólogo Bertrand Richard. En las primeras páginas el teórico de la velocidad y el urbanismo, entre otras cuestiones, recuerda su adolescencia en Vertou entre 1943 y 1944, al noroeste de Francia. Cuenta como en su cuaderno escolar escribió una detallada descripción de las fortificaciones militares de la zona y cómo conoció a los resistentes. A partir de este momento histórico que inaugura, luego de la explosión de alegría por el final de la guerra, un “equilibrio del terror” entre el chico de Nueva Jersey y el de Leningrado, Virilio expone sus ideas donde se cruzan el auge del peligrosismo y la merma de las capacidades de prevención en convivencia.

Ciertas señales podrían sugerir que la tendencia actualmente predominante en la prevención es la del peligrosismo. Las técnicas de la prevención social suelen decantarse por modelos donde los porcentajes de normativas que prohíben y controlan superan las posibilidades de explorar otros criterios de acción.

El peligrosismo, al suponer a priori que existe un peligro, construye una objetivación del mal, lo transforma en un demonio y legitima una intervención anticipatoria y/o disuasoria. Su modelo operativo se basa en la confrontación maniqueísta y no dialéctica. Se alimenta, esencialmente, del miedo.

También reflexiona sobre  la tecnología y cómo ha sido desarrollada en relación con la velocidad y el poder, con aproximaciones a la arquitectura, las artes, el urbanismo y las prácticas militares. Profundiza las implicaciones omnímodas del movimiento y lo relaciona directamente con la paranoica propedéutica que ha instalado en el imaginario social actual un nuevo catálogo de amenazas: “Caos climático, pánico bursátil, fobias alimentarias, pandemias, crack económico, ansiedad congénita, miedo existencial…” Un vademécum de infortunios que nos paralizan e impiden que nos atrevamos a abordar sus causas. Dejando en manos de unos pocos la gestión y administración de estos miedos.

Virilio considera que el hecho de vivir en un mundo precipitado hacia adelante sin freno y con una aceleración obstinada y exponencial ha reducido el tamaño del planeta para la humanidad. Los seres humanos percibirían la fuga de un espacio circundante que se volatiliza a medida que todo se mueve a mayor velocidad. Reduciéndose así el tiempo, se eliminaría paulatinamente también el espacio que conforma nuestro hábitat. Esta aceleración rizomática, como las hiedras del Alto Paraná, genera estrés viral. Pero también nos retroalimentamos ya que, a su vez, la turbación nos atrapa e impele a huir, macheteando desesperados en las picadas del monte, hacia adelante sumando vértigo y desorientación. Cerrándose así el ciclo de la angustia crónica.

Sin embargo ¿todas las sociedades comparten el mismo viaje en esta montaña rusa desbocada? Obviamente en el planeta conviven diferentes estadios de desarrollo y el motor, o turbina, de cada una regula a diferentes velocidades. Las comunidades que más rápido avanzan, más allá se proyectan. Por lo tanto pueden anticipar lo que vendrá. En las zonas globalizadas del mundo nos pre-ocupamos por un futuro que ya llegó antes que partamos. Pero lo que pronosticamos tal vez no sean cosas reales sino meras obsesiones, pre-juicios. Las mismas sombras de la mítica caverna de Platón pero ahora reflejándose como fondo de pantalla en un ordenador. Olvidamos que los simuladores de vuelo pueden emular el despegue perfecto de una nave espacial, pero una contingencia cuántica puede inducir que se estrelle en tiempo real.

Esta construcción de futuribles, espontáneos o programados, plenos de riesgos, amenazas y peligros genera miedos colectivos que justificarían la dominación política a través de unas normas de seguridad excepcionales, pero ya inamovibles, solicitadas, auto consensuadas y aceptadas tanto por los nietos del chico de Nueva Jersey como por los de Leningrado.

Porque esta aceleración exacerbada es algo que no todos pueden controlar. La mayoría la padece contrayendo patologías del miedo personales y comunitarias. Los que logran gestionar económica y políticamente estas tensiones acumulan mayor poder: público y privado. La situación planteada es grave pues supone la licuación de las dos coordenadas que el sujeto posee para estructurar su conocimiento objetivo: el espacio y el tiempo.

Focalizando nuevamente sobre el concepto de prevención vinculado con la capacidad de proyección y anticipación de lo que vendrá que permite la aceleración de la velocidad, Virilio afirma que, en realidad, nos estaríamos transformando en unos minusválidos perceptivos.

¿Cuánto tiempo del día estamos con la vista fija en una pantalla? Viajamos mirando fotos en el móvil, trabajamos incrustados  en el ordenador, comemos sobre la televisión, o todo a la vez y en orden diferente. No importa. Hasta en el inodoro nos sentamos con el portátil o el móvil.

Según Virilio vivir cotidianamente dentro del cuadro de una pantalla nos ha generado un “glaucoma televisual”. Hemos perdido capacidad para prevenir lo contingente e inhibido nuestras habilidades prospectivas. Las pantallas nos han anulado la visión lateral, la intuición del fuera de campo. “No es casual que los animales tengan los ojos situados a cada lado de la cabeza. Y es que para sobrevivir hay que saber anticipar lo inesperado, porque lo inesperado nunca llega de frente. Los depredadores atacan por los lados o por detrás.”

Las ideas de Virilio proyectan paradojas. La híper aceleración del movimiento elimina espacio pero a la vez las expectativas de vida del individuo se amplifican y, en paralelo, las cosas que lo rodean se minimizan hasta hacerse casi invisibles. Lo cual plantea un ser en el mundo con un horizonte existencial casi inmortal pero sin espacio vital y con nano-útiles casi inasibles. No es planeta para viejos dirían los hermanos Coen…

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