Trastornos por estrés postraumático

Sant Jordi2-1

Pasó Sant Jordi en Barcelona, el famoso día de las rosas y los libros. La lluvia amagó pero sobre el mediodía un sol altruista llenó las calles de gente. Este año, gracias a Kitschfilm, La Font de Mimir y Ediciones El Transbordador viví una experiencia inédita, participar en stands, visitar barrios, vender ejemplares, firmarlos, liturgia pagana. Y no en solitario sino en procesión (por lo de Semana Santa ¿no?) compartiendo con otros autores y sus obras. Ferrán Varela (El Arcano y el Jilguero), Daniel Pérez Navarro (Ritos salvajes) y Alex Marín Canals (La carne y la pared). Además disfrutamos un almuerzo con un menú que incluía (porque nosotros éramos los del palo fantástico) una ensalada “catalana” con… chorizo y jamón (Dicen que la receta ancestral está en el Necronomicón versión vegana).

La pasamos bomba, sentados en los puestos como estrellas de rock firmando autógrafos, rodeados de fans que aullaban nuestros nombres, porristas con pancartas y guardaespaldas con gafas oscuras custodiando las limusinas que nos transportaban por Barcelona. Bueno, exageré un poco, por lo de la dramaturgia del relato, el nuevo periodismo y todo eso. En realidad la cosa vino de padres, parejas, hijas y amigos. Suficiente caricia para el yo de todo escriba que no aspira ser amado u odiado como Pérez-Reverte o Javier Marías.

De regreso a casa, cuando las masas cargando libros y rosas intentaban calmar a los niños para lograr subirlos a un autobús o al metro y dar por terminada la maravillosa jornada en familia, recordé algunas ideas que, café de por medio, circularon en el grupo de los “transbordados” (¿“trans-bordes” o los “bordados-trans”?): Jugarse por la literatura de género sin dejar de explorar más allá, resistir la discriminación editorial y su marketing obsceno, apostar por crecer desde la raíz, no comprarse el viaje de que estar en las redes sociales es lo mismo que el Dasein de Heidegger, tampoco creer que la palabra algoritmo es uno de los nombres desconocidos de Dios y supongo que lo más importante que escuché ese día fue, aprender a ser feliz con el sólo hecho de sentarse frente al ordenador o tomar un boli y un cuaderno, para comenzar el viaje sin boleto de regreso hacia una historia que no tenemos la menor idea adonde nos llevará.

Mis reflexiones terminaron cuando, intentando hacer equilibrio en el pasillo del autobús, fui embestido por un cochecito con un bebé dentro que berreaba cual demonio de Milton, mientras una señora me clavaba una rosa en un ojo como si fuera la dalia negra de Ellroy y mi espalda era machacada por una bolsa de libros que blandía un señor muy parecido a Stephen King. Una chica sonrió y me dijo: “Más cosas perdimos en el fuego”… ¿Mariana? ¿Mariana Enriquez viajaba al Guinardó a mi lado?

Observación: La calidad de la fotografía que ilustra esta entrada es la que determina el descontrol de las miles de cámaras de los teléfonos móviles en estos espectáculos multitudinarios.  

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