Patria modelada

22. Patria modelada

Kitschfilm cierra con fichas donde se registran imágenes compiladas durante el trabajo de investigación. Fueron realizadas por Sonia Abian y Grzegorz Baczak con el apoyo fotográfico de Joaquín Núñez Abian. El documento Patria modelada es una hibridación visual donde como un sol pirómano o una luna patibularia asoma el dictador paraguayo Stroessner, “padre protector” de todos los sujetos y objetos que poblaban las tierras que recorrió Adolf Neunteufel. También aparece un testigo casual, el escultor catalán Serafín Marsal, pariente lejano de Serafina (una de las protagonistas de Kitschfilm) que vivió y murió en Paraguay. Una antigua fotografía nos muestra a Serafín en su trabajo, tallando uno de sus folclóricos personajes. El tirano, el artesano y la estatuilla de la mujer, están encerrados en uno de los típicos bucles latinoamericanos en los que periódicamente se viene la larga noche de alguna dictadura, en este caso la del general Stroessner en el Alto Paraná, que fue tan prolongada como la del general Franco en España. Pero ¿Qué sabemos de Serafín Marsal?

Admirado por Ticio Escobar, uno de los referentes culturales del Paraguay con mayor prestigio internacional, Serafín Marsal fue un catalán que llegó a la ciudad de Asunción a principios del siglo XX. Por los años noventa viajé con Sonia Abian a la capital del Paraguay para asistir a unas conferencias de Néstor García Canclini. Así como el abuelo de Sonia en Posadas (Misiones) reunió cuadros de Adolf Neunteufel, también adquirió algunas esculturas de Marsal. Aprovechando la estadía intentamos conocer la historia del catalán. Dimos con su nieta que estaba al frente de una tienda de artículos para dibujo y pintura. Según nos contó, hacia 1898 su abuelo languidecía en Barcelona como un joven artista sin trabajo, así que con su esposa y tres hijos, bajó desde el barrio de Sant Gervasi hasta el puerto cargando un baúl y una máquina de coser marca Singer, que aún estaba en poder de la familia, se subió a un barco y hasta Buenos Aires no desembarcó. Trabajó unos años esculpiendo bustos de militares famosos en algunas provincias argentinas, un soberbio general San Martín en la ciudad de Santa Fe certifica la calidad de su oficio. Pero hacia 1907-1910, con una prole a cuestas ya de seis hijos consideró, de acuerdo con su esposa Filomena, irse a vivir al Paraguay donde la economía familiar sería más sencilla de solventar.

El catalán, apenas llegó a Asunción, además de proseguir embarazando a Filomena comenzó a visitar el Mercado Grande, un lugar que siempre estaba colmado sólo por mujeres, como todo el Paraguay. Desde la Guerra de la Triple Alianza (1864-1870), una tierra habitada por mujeres, viejos, niños e inválidos. El censo de 1886, el primero que se realizó después de la masacre ejecutada por Argentina, Brasil y Uruguay por orden del patroncito inglés, registra que había tres paraguayas mayores de treinta años por cada varón, más no la mítica proporción de diez a uno como se supo difundir. Sin embargo estas variables estadísticas determinaron un aumento exponencial, tendencia endémica hasta hoy en la región, de hijos con padres desconocidos. La mujer se constituyó, otra cualidad histórica cronificada, en proveedora del sustento, como todas las que se reunían a vender sus mercancías en el mercado de Asunción que visitaba Serafín Marsal. Algunas se “acompañaron” con inmigrantes que llegaron desde Europa. Las faldas coloridas, los cigarros aflorando desde aquellos labios rojos, las blusas con encajes, ¡vaya sofocón que provocaron en el corazón del artista de Sant Gervasi! Factores sensoriales que Adolf Neunteufel, unos veinte años después, rechazaría casi con repugnancia. Algún cientista social inferiría, sin fundamento científico, alguna tesis sobre las diferencias de rango entre las calenturas mediterráneas y las nórdicas. Una vulgaridad.  

Al principio Serafín Marsal bocetó cuerpos femeninos en diferentes posiciones y tareas, pero lo suyo eran las tres dimensiones y así nacieron los primeros moldes de unas estatuitas que tendrían detallismo minucioso y naturalidad expresiva sorprendente. Esas mujeres de barro cocido, pintadas con engobes fuertes y contundentes le dieron muchas más satisfacciones que los generales de piedra. La colección original de hormas superó las cuarenta unidades. Algunos títulos de sus obras fueron “mujer con hamacas”, mujer con canasto de naranjas”, “la lechera”, “mujer limpiando la colita del niño”, “la burrera”, “mujer campesina con canasto en la mano”, “mujer campesina sentada”, “mujer con cántaro en la cabeza”… También modeló algunos animales, pocos hombres y tan sólo una pareja. Estas figuras que surgían de las matrices fueron negociadas por una distribuidora mayorista de artesanías, la firma Iris, que luego se dedicó al gran negocio regional de los espirales mata mosquitos. La nieta de Marsal nos confió que en realidad las más bellas se vendían, robadas de la empresa consignataria, por la zona de la recova del puerto.

Los años que tenía y la fecha de defunción de Serafín Marsal en Asunción difieren, pero fue a mediados de los años cincuenta. Las matrices originales de sus piezas permitieron proseguir a sus hijos con el negocio de las figuras, un rumor también asumido por su nieta revela que hacia 1970 (tiempos de la Guerra Fría al rojo vivo) funcionarios de la embajada norteamericana en Asunción adquirían casi toda la producción ¿La CIA ya maliciaba un futuro movimiento Me Too guaraní? Hasta que en 1987 los moldes se pulverizaron por el uso y paso del tiempo. Se supone que un fotógrafo alemán que vivió en Asunción era quien más piezas atesoraba por esos años. Piglia en su relato El fluir de la vida cuenta sobre un fotógrafo germano que vivió en Asunción, el padre de Lucía la nieta de la hermana de Nietzsche, un personaje oscuro que podría coincidir con este coleccionista fetichista, aunque las fechas no terminan de cuadrar.

La estatuita preferida por Marsal puede que fuera la “india desnuda recostada en el suelo”, la famosa “reina guaraní” de Kitschfilm. Según su nieta se contaba en la familia que la guardaba en una gaveta oculta a miradas indiscretas, envuelta en un retazo de terciopelo rojo. Sólo él podía tocarla y no se la enseñaba a nadie. De su escondite pasó a una vitrina en el Museo del Barro de Asunción. Y allí la encontramos en los años noventa cuando viajamos al Paraguay para escuchar a García Canclini explicando cómo era eso de las hibridaciones.

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