Kino ghosts

Kitschfilm era una palabra que circulaba por la Viena de finales de los años veinte del siglo pasado. Nació con el cine de la época de la mano de críticos como Fritz Rosenfeld que la utilizaron para definir un tipo de producción particular. Películas acompañadas de canciones románticas y alegres, donde también había champagne y mucho romance. Willy Fritsch y Lilian Harvey descollaban en las pantallas germanas casi por la misma época que Fred Astaire y Ginger Rogers, sus clones yanquis. Para los detractores de la industria burguesa que lucraba con este tipo de películas, los actores y actrices eran como los bibelots de porcelana que se coleccionaban en las vitrinas de los aparadores, y los escenarios donde reían y lloraban, meras copias de esas acuarelas baratas que se vendían como suvenires en las calles. Por allí se quedó el Kitschfilm, en el mundo se vinieron encima cosas muy importantes.

Intro reducida

Recuerdo que por los años setenta leímos a Gillo Dorfles, descubrimos la palabra kitsch y entramos en pánico. Casi todo lo que nos rodeaba era de mal gusto. Pero el problema pintaba mucho más grave, nosotros mismos éramos formalmente de mal gusto; incluso, flipábamos por el rock, el pop, el op art, las Vespa… claro, la mayoría de nosotros, algunos no. Aún quedaban chicos y chicas que estudiaban en academias de arte y que con el tiempo serían capaces de crear sinfonías excelsas, ballets egregios y cuadros refinados.

Por suerte el tiempo pasó y se nos fue el susto, crecimos. Y nuestras amigas modelaron su educación emocional devorando telenovelas y nuestros camaradas se formaron sentimentalmente devorando videos porno. No todas mis colegas vivieron pegadas a un televisor y varios de mis amigos no quedaron tarados por sobredosis de culos y tetas de Playboy. Pero de un modo u otro, cada uno de nosotros produjo su propio Kitschfilm. Aunque mucho quedó fuera de cuadro, en ese trastero donde amontonamos el bonus track de cada vida que no vivimos.

De esto va este blog.

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