Vacas suicidas, mojarritas carroñeras y patos vigilantes

Salamone-1

Quizás todo comenzó en medio de la pampa húmeda y por el litoral culebreó hasta el Alto Paraná. Poco conocemos de la vida de Elpidio Bottini, el contrabandista que trafica en Kitschfilm con libros antiguos, tallas de jesuitas y cuanto objeto insólito caiga en sus manos. Antes de saquear la región de la Triple Frontera, Bottini trajinó varios años por la provincia de Buenos Aires. Puede que auspiciado por el arquitecto Francesco Salamone, ambas familias eran oriundas de Sicilia. Pero nada de esto pudo publicarse en Kitschfilm. Compartimos rastros de sus primeras aventuras durante aquellos tiempos de formación facinerosa.

Para el aprendiz de brujo, que triste era viajar al interior de la provincia de Buenos Aires. En el campo vivían los animales y en los pueblos los almaceneros, los médicos y las modistas. Casas oscuras y frescas como los panteones familiares, calles angostas de cementerio. Pocos árboles, los eucaliptos con los troncos altos, uno al lado del otro reventando las baldosas de las veredas. Huesos de madera escondidos entre las ligustrinas y los buzones del correo. Los sauces y los cipreses enriquecían la botánica funeraria de los pueblos de la provincia de Buenos Aires, sin embargo los eucaliptos asomaban en las esquinas más desesperadas. La chata de Bottini podía atravesar tres o cuatro ciudades de estas sin darse cuenta que iba de un lugar a otro. A veces pasaba algo, se caía una vaca de un techo. La primera vez el joven contrabandista frenó y se bajó corriendo con la cámara ¡vaya que podría vender bien esa fotaza! Venía manejando despacio, la calle estaba vacía y a media cuadra de distancia la vio. No la empujaron ni se resbaló, se tiró muy segura de sí misma desde arriba de una casa blanca con ventanas altas y angostas, una cripta grande que se le ocurrió a algún italiano que copió al pariente Salamone, el arquitecto amigo de la familia que construyó edificios de municipalidades y mataderos de ganado como si fueran monumentos de Mussolini. En medio de la nada, el lugar perfecto para mausoleos muy altos desde donde se puedan tirar las vacas. La Holando–argentina cayó en medio del adoquinado con las cuatros patas abiertas como rayos, patinó un poco pero se enderezó enseguida. Bottini ya había enfocado, disparaba una foto tras otra, y también pensaba cosas muy rápido. ¿Por qué la vaca se lanzó desde la azotea? ¿Venia escapando? Era blanca, como la casa, con una papada larga y patas gruesas. Todo era blanco, siempre se cruzaba con cosas blancas. Podría haber salido por la puerta de adelante, no, era muy estrecha, como las ventanas que tenían forma de ojivas medievales. Mientras intentaba entender que estaba pasando no dejaba de sacar fotografías. Estaba seguro que, una vez más, le dirían que las vacas no se tiran de los techos a los pies de cualquier ladrón de mala muerte, qué sólo a él le pasaban esas cosas raras. Entonces la vaca lo miró fijo. Bien plantada, retrocedió para tomar carrera, golpeó el suelo con la pata derecha y se le vino encima bufando y mugiendo. Bottini se dio vuelta y comenzó a correr hacia el camioncito Ford. Logró escapar a tiempo.

En la provincia de Buenos Aires, desde mucho antes del principio cuando el sol era un secador de pelo que se recalentaba intentando deshidratar Pangea para que los continentes se dejaran de joder y decidieran madurar, yéndose a vivir cada uno por su lado, hay miles y miles de lagunas. La tierra era muy plana, hundida y llovía todos los días, se fueron llenando ellas solas, después se unieron. Lunas de marfil, espejos de plata, para Elpidio Bottini eran nada más que charcos grandes de agua estancada. Las lagunas de la provincia de Buenos Aires crecieron como se les dio la gana, igual que las vacas. Desbordaron con las lluvias y lo inundaron todo las veces que se les antojó. La gente se desesperaba cuando el ganado se ahogaba y los puentes se venían abajo, pero siempre regresaban a pescar pejerreyes y a navegar con sus lanchas deportivas. Los fines de semana eran la gran diversión de todos los pueblos de alrededor. Bottini, cuando se sentía deprimido después de recorrer en un día diez calles Belgrano, quince avenidas Roca y dar la vuelta por ocho plazas San Martín, manejaba hasta las afueras de la última ciudad, estacionaba su camioneta y se sentaba en la orilla de la laguna a tirar piedritas. Soñaba con lograr que rebotaran sobre el agua haciendo remolinos. Jamás le salía bien, la primera se hundía de inmediato como una bomba y las otras, también. Nunca vio a nadie practicando ese deporte acuático, los chicos pobres de la zona preferían cazar pajaritos con hondera y los hijos de los ricos, llevar una vecinita a los pajonales.

Unas horas más tarde cuando Elpidio Bottini logró escapar de la vaca furiosa que se tiró desde el techo de una casa fúnebre, sentado sobre el cráneo de un armadillo gigante convertido en piedra desde unos treinta mil años antes y dale que dale con las piedritas, embocó un canto rodado sobre una media res hundida en el agua. Las mojarritas entraban y salían nadando estilo mariposa por las cuencas vacías de los ojos de la vaca. No era una nena de las que se les morían después de las fiestas. Bottini pensó, hay que alertar a los patos de la laguna.

 

 

 

 

 

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