Suvenires magnéticos

FICHA

Kitschfilm está plagado de citas. Durante varios años acumulé notas en el cuaderno blanco. Y también en muchas fichas que guardo en varias cajas, también blancas, que compré en IKEA. Son de papel, como las de antes, con un gramaje promedio de unos ciento cincuenta gramos, tienen renglones, marcos donde pegar una foto y líneas de puntos. Comencé a fabricarlas yo mismo con cartulinas que compraba en el bazar chino del pueblo y recortaba con una tijera. Son rectangulares y las escribí a mano, siempre tuve buena letra, ladeada para la izquierda y parejita. Nada que ver con la de mi padre que era médico. Disfrutaba comprando los pliegos, dividirlos con regla en cuadraditos y recortar las tarjetas, una por una, oír como las cuchillas de la tijera rasgaban y araban el surco sobre el papel satinado. Y después organizar las pilas de fichas en blanco como torres de barajas o cupones de descuento del supermercado. Cuando la información que registraba en una u otra me parecía valiosa para Kitschfilm la pegaba sobre la puerta de la heladera con un imán. También tengo muchos imanes, no los colecciono pero me gustan. Siempre que regresó de un viaje traigo “suvenires magnéticos”. Eso se me ocurrió arriba de un avión: “Suvenires magnéticos”. Pensé que podía ser un buen título para una canción, hasta llegué a improvisar algunos versos. “Sentimientos cosméticos / como dos polos opuestos / sólo nos quedan los gestos / suvenires magnéticos”. No me gustó nada, sonaba tipo las letras de Jacoby para Virus, demasiado ochentera, una cagada.

Tuve que comprar las cajas para archivarlas porque llegó un momento que las fichas se desparramaban por toda la habitación del piso de Caldetas, el lugar costero donde viví mientras escribí Kitschfilm. Todos los días ordenaba dentro de las cajas de IKEA las nuevas fichas que redactaba, nadie se llevaba ninguna, sólo se sumaban más y más. Era tal cual pasaba en una escena de True detective cuando a dos policías los castigan y los mandan a trabajar en una oficina minúscula a organizar ficheros. Los tipos terminan, casi sin poder moverse, acorralados por los documentos. A cada rato les traían más papeles para almacenar pero nunca nadie se llevaba ninguno. Hoy ya no vivo más en ese pueblo, no me gusta el mar.

Las citas eran espirales de agua que nacían y giraban a medida que el río se encontraba con un tronco o una piedra, en el cauce que corría hacia el mar o hacia otro río. Embudos por el que caen chupados personas, cosas y momentos. Gotas que modelan un abismo, barro en el torno de alfarería, como en la calle principal de Caldetas, La Riera. En todos los pueblos de Cataluña hay paseos con ese nombre, caminos que bajan desde las montañas, cauces que se inundan con las lluvias, arroyos. Cuando amenazaba tormenta me sobresaltaba la patrulla policial que con un megáfono ordenaba quitar los autos antes que se los llevara el aluvión pantanoso. Me importaba muy poco, no tengo coche, tampoco se manejar.

Hoy nadie colecciona fichas de cartulina, los investigadores seguro habrán cursado algún seminario sobre Talese, Walsh y Capote. También algún trimestre sobre Agamben, entonces puede que leyeran una cita mística: Cuando el Baal Shem, el fundador del jasidismo, debía resolver una tarea difícil, iba a un determinado punto en el bosque, encendía un fuego, pronunciaba las oraciones y aquello que quería se realizaba. Cuando una generación después el Maguid de Meztitch se encontró frente al mismo problema, se dirigió a ese mismo punto en el bosque y dijo: “No sabemos ya encender el fuego, pero podemos pronunciar las oraciones”, y todo ocurrió según sus deseos. Una generación después, Rabi Moshe Leib de Sasov se encontró en la misma situación, fue al bosque y dijo: “No sabemos ya encender el fuego, no sabemos pronunciar las oraciones, pero conocemos el lugar en el bosque, y eso debe ser suficiente”. Y, en efecto, fue suficiente. Pero cuando, transcurrida otra generación, Rabi Israel de Rischin tuvo que enfrentarse a la misma tarea, permaneció en su castillo, sentado en su trono dorado, y dijo: “No sabemos ya encender el fuego, no somos capaces de recitar las oraciones y no conocemos siquiera el lugar en el bosque: pero de todo esto podemos contar la historia”. Y, una vez más, con eso fue suficiente. 

Uno va viviendo a fuerza de soportar tanto desencanto sin misterio. Lo que es peor aún, cuando nos cruzamos con la tragedia y el prodigio, caminamos mirando al suelo y pasamos de largo. Salvo que la tómbola de la casualidad, o la fatalidad, se detenga sobre nuestra cabeza. Existe otra posibilidad, que solamente debamos conformarnos con descubrir, mucho tiempo después, que fuimos parte de algo muy importante sin darnos cuenta jamás. Entonces lo más probable es que se complete una ficha y se archive dentro de una caja blanca comprada en IKEA. Luego escribiremos una historia, sin salirnos de los márgenes tabulados de unos cuantos años hacia atrás y otros para adelante. Un siglo entero hubiera sido un agobio. Guerras, campos de concentración, Gulags, refugiados, revoluciones, genocidios, epidemias, inventos, descubrimientos. Con la línea de tiempo de Adolf Neunteufel hice lo que pude. Una selección de intersecciones más o menos combinadas como las quinielas con los resultados de los partidos de fútbol.

“No sabemos ya encender el fuego, no somos capaces de recitar las oraciones y no conocemos siquiera el lugar en el bosque: pero de todo esto podemos contar la historia”. Y, una vez más, con eso fue suficiente. Al menos aún guardo el cuaderno blanco y las fichas… hasta la próxima mudanza.

 

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