Noche de tragos con Florián y Stockhausen

BAR OK

En Kitschfilm el nombre Florián es un ectoplasma patronímico, hoy voy a contar cómo encarnó en la barra de un boliche a orillas del río Paraná. Bueno, al menos uno de ellos porque hay dos más que aún no logran cruzar el umbral.

A la región de la Triple Frontera llegué a comienzos de los años noventa del siglo pasado, me alojé en un hotel y al caer la tarde me refugiaba en un barsucho. Conocí personas que, hasta ese momento de mi vida, jamás creí que pudieran existir. Decían lo que se les ocurría sin importarles ningún Photoshop moral. Pronto pude comprobar esta exuberancia oral. Al pasar por el muelle del puerto escuché como un marinero le confesaba a una mujer que jamás había encontrado el clítoris de ninguna de sus amantes, y ella le respondía riendo que lo invitaba a seguir buscando bajo un sauce llorón. Yo venía de viajar a través de megalópolis cosmopolitas, donde las personas afirmaban saber dominar las glándulas lagrimales y los actos fallidos. Apurando una ginebra con hielo en la barra del boliche, el parroquiano que estaba a mi lado me preguntó sin anestesia, si me había dado cuenta de que en las alcantarillas de casi todas las historias hay algún tipo de música que chapotea en el cauce de los acontecimientos. Y que muchos de estos misterios desembocan directo en el Paraguay. Sin duda estaba frente a un filósofo o un vendedor de autos usados, de inmediato apliqué mi filtro racionalizador de urbanita imbécil y le contesté si eso era una alegoría donde una eufonía geográfica representaba alguna cópula de sucesos inefables. El compañero de tragos me miró fijo, con los ojos muy abiertos, y me respondió que claro, que debía ser así nomás, de veras.

Por esa época me ganaba la vida como periodista y me pareció que tenía entre manos un personaje y una crónica rentable. Anduve averiguando un poco sobre él. Un gendarme del puente internacional creyó haber escuchado que su padre fue diplomático y que su familia deambuló por varios países durante años. Pero una mucama de mi pensión, me confió que un viajante de comercio le contó que ese chiflado había llegado por los años setenta de paso hacia Brasil huyendo de algo o de algunos. De todos modos por esa época Yacyretá enviaba mucha gente de un lado para el otro. Las dictaduras también.

Se llamaba Florián y desde que nos hicimos amigos no paró de contarme las historias que había escrito en cientos de hojas de papel de Manila, que guardaba en su portafolio de cuero gastado. Ambos sobrevivíamos en una atmósfera casi líquida, custodiados por hordas de mosquitos que patrullaban las calles día y noche y resultó que éramos colegas. El, un corresponsal que todo lo que investigaba y escribía se publicaba en otro continente. Cada mes recibía una transferencia en divisas extranjeras que cobraba en la oficina local de correos, con lo cual sufragaba sus necesidades y la de su agencia de noticias unipersonal que había montado en la taberna donde nos reuníamos.

Cuando le mencioné que la gente del pueblo decía que su padre era un diplomático en fuga, se rió y respondió que esa información la había inventado él mismo. Su codificación comunitaria como medio loco, la soslayé. Un día alabé sus escritos porque sus raciones de prosa eran un género horneado con salsa propia. Como si Benjamin saliera de un pasaje de París y entrara a otro comiendo siempre una porción tautológica de pizza con muzzarella porque la porción era la pizza en si misma, y los callejones de París su existencia contingente. A mi tampoco se me daba mal lo de la filosofía, lo de vender autos usados, fatal. Otra vez me miró fijo, con los ojos muy abiertos, y me respondió que claro, que debía ser así nomás, de veras.

Su forma de contar alternaba la lectura con la opinión alusiva y se glosaba a si mismo. Luego retomaba el hilo narrativo y siempre, de una forma u otra, el Paraguay y la música se colaban. Florián no dejaba de repetirme que no sabía por qué decidió quedarse a vivir en la frontera. Comprendí su obsesión. Algo parecido comenzó a sucederme, si bien yo estaba muy seguro de que cuando concluyera mi trabajo me marcharía, comencé a posponer la partida. Una charla que tuve con Florián me indujo a concretar una de esas tantas postergaciones. Fue cuando un día se despachó con una perorata sobre los microtonalismos del comportamiento humano.

Me dijo que yo, como todos los demás, solamente confiaba en las opciones de vida que eran binarias. Las veía en blanco si resultaban comprensibles o en color negro si derivaban excéntricas. Nadie pensaba en colores porque los matices daban miedo, son cosas que parecen ser algo pero no terminan de serlo del todo. Yo le respondí con aquello de Walter Benjamin explorando un laberinto de pasajes en París y comiendo siempre una porción de pizza tautológica con muzzarella porque la porción era la pizza en si misma y los callejones de París su existencia contingente. Me respondió que debía ser más o menos así. Pero que él prefería a Stockhausen, el maestro de la música aleatoria, comiendo chipa kaburé frente al Rin en Colonia, porque el azar es quien manda.

Florián arremetió. La forma en que percibimos lo que sucede a nuestro alrededor, el tiempo que dura una vivencia de algo, depende de la cantidad de alteraciones que se suman durante esa experiencia. Cuantos más eventos sorpresivos ocurren, el tiempo pasa más rápidamente. Por el contrario, cuanto más de lo mismo se reitera muchas veces, el tiempo se desliza más lentamente. Hay sorpresa únicamente cuando algo inesperado ocurre. Teniendo en cuenta la experiencia de eventos previos aguardamos una sucesión de alteraciones de cierto tipo y, de pronto, ocurre algo que es totalmente distinto a lo que esperábamos. En ese momento somos sorprendidos, la vida (un tango canalla) siempre nos traiciona insertando bemoles y sostenidos donde menos lo previmos. Eso sería el microtonalismo del comportamiento humano que pasamos por alto al juzgarlo todo en blanco y negro.

Mi cara delataba un colapso nervioso inminente, entonces Florián me miró fijo, con los ojos muy abiertos, y  respondió que claro, que debía ser así nomás, de veras. Y pidió otra ronda de ginebra con hielo.

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