La papisa Juana del Alto Paraná

Abolir o agremiar la prostitución en España y los escándalos sexuales que acusan a pastores de Dios en todo el mundo, reviven unas escenas inéditas de Kitschfilm. Tiempos coloniales, una mujer se transforma en monje misionero. O tal vez al revés. Elpidio Bottini, el contrabandista de bienes culturales que en Kitschfilm compra cuadros a Neunteufel, investigó el caso.

Por los años cincuenta al cruzar el territorio nacional de Misiones, Elpidio Bottini recordaba las palabras del escritor peronista Jorge Newton: “Ya verá, nada de mensúes y capangas, usted encontrará un pueblo socialmente redimido, mediante la acción justicialista de un general argentino que es el arquetipo racional y social de nuestro tiempo”. Sin embargo las fronteras de clase aún tenían mojones bien sólidos en toda Sudamérica. Los clientes de Bottini eran los mismos terratenientes de siempre. La voz de uno de estos señores de la tierra, resonó haciendo temblar las paredes de su mansión en medio del monte. La orden fue terminante. “Bottini, usted conoce su oficio y yo soy buen pagador.” A lo que el contrabandista respondió con la garantía que le ofrecían sus contactos en la región. El magnate yerbatero estaba dispuesto a terminar de una vez por todas con aquella antigua e infamante historia. Elpidio Bottini, un profesional en lo suyo, sin perder tiempo se lanzó a rastrillar el Alto Paraná.

Tal vez su cliente, Abilio Carué Lugonet, tenía razón y la leyenda era eso, nada más que una invención calenturienta. Pero por más de doscientos años la estirpe familiar de los Lugonet se construyó bajo la sombra de un apetito venéreo que violó un sacramento sagrado. Una desviación de la continencia, un desahogo nefando de la carne.

En la hacienda de otro cliente, un excéntrico coleccionista sueco, Bottini encontró la respuesta. Botella de caña de por medio, un anciano peón invocó lo que por años abuelas a nietos fueron contando sin cambiar una palabra. Un manojo de pergaminos, atados con tientos de cuero trenzado que aportó el sueco, completó en castellano antiguo el testimonio definitivo.

Se buscó la vida robando tanto a sus amos como a sus clientes. Arrebató un pequeño cinturón con hebilla de plata en casa de Maese Marcal Saumur, en un viaje a Ruán le quitó una taza de peltre a un cantinero e incluso logró robarle una pieza de oro a un mercader de cerdos. Tiempo después fingió ejercer el oficio de bordadora y contrató a otras mujeres para que fueran sus aprendizas. Por esos tiempos conoció a los primeros frailes y con la cooperación de sus pupilas, en vez de perfeccionarse en el arte de las agujas e hilos, logró una selecta clientela de hombres piadosos. Los mejores puteros de la Contrarreforma.

Todo comenzó cuando aquel capellán gotoso se negó a pagar lo convenido y  tuvo que llevarse lo que pudo. Mientras el hombre orinaba por la ventana se escabulló de la habitación birlándose un breviario con tapas de cuero y una piedra gorda engarzada en el cerrojo. Lo empeñó y se compró un manto de terciopelo con piel. Fue su perdición, siempre había soñado con un atavío elegante.

Tuvo que moverse deprisa, si la cantidad no era muy grande como la taza de peltre, un primer robo podía ser castigado con la pérdida de la nariz, pero la horca sería su escarmiento ineludible.

No quedó más remedio que huir a través de las montañas. En Sevilla recaló y conoció al fraile Jerónimo. Acercársele resultó faena simple y en pocas horas en carnal ayuntamiento vivió con el clérigo. Aunque la paz en la casa duró poco porque todas las noches se atiborraba de hermanos religiosos unidos en la fe, el juego de naipes, el vino y el fornicio. Como era de esperar se hartó, y una madrugada manoteó un trinchete del emparrillado sobre el que yacía boca abajo, y lo clavó en la cabeza del monje que bufaba sobre sus espaldas.

Por aquellos tiempos no se podían elegir muchos destinos pero, al menos, Sevilla era uno de los más importantes puertos de embarque hacia las Indias. Y no subió a la nao como polizón. Vistiendo un sayo monacal con caperuza calzada hasta la nariz, cruzó el puente de mando como fray Clovis Lugonet. Un devoto misionero oriundo de París que yacía muerto en la casa del libertino Jerónimo con un soberano agujero en la nuca, resucitado en esta ocasión para supervisar la estiba del cargamento despachado hacia las misiones del Guairá.

Meses después, en una reducción jesuita, casi seguro la Santísima Trinidad de Paraná en tierras del Paraguay, dedicó el resto de su vida a escribir apuntes etnográficos sobre los indios guaraníes. Sin embargo engendró descendencia: acriollada, prolífica y próspera. Dios sabe cómo. En los pliegos manuscritos que aportó el coleccionista sueco, Elpidio Bottini pudo leer: “Fue mi desasosiego desde el primer día, era muy joven, mandé pararse en pie contra el muro de la cripta. Pelo espeso, recio, negro, liso y muy largo, caído sobre la frente. Barbilla corta. Ojos pequeños y hundidos. Mandíbulas salientes, dientes hermosos, blancos. Cejas estrechas muy arqueadas de color de las brasas. La estatura es mediana; los brazos llenos y redondos; los pies pequeños. ¿Quién en amor ha escondido más dicha?”

Don Abilio Carué Lugonet esperaba en la sala de la estación de ferrocarril, los dos hombres se hundieron en la bruma del amanecer.

– Esto queda entre usted y yo Bottini.

– Somos dos caballeros don Lugonet.

– Lo de mí antepasado con el indio…

– A la final no era un cura.

– ¿Seguro? Duos habet et bene pendentes decían en Roma.

 

 

Anuncios

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s