La noche que León Ferrari se asomó a Kitschfilm

Sucedió en junio del año 2007 cuando una aceituna esterificada fue bautizada como obra de arte dentro del mingitorio de Duchamp. Y su creador, el cocinero catalán Ferrán Adriá, ungido sumo pontífice en uno de los concilios de arte contemporáneo más importantes del mundo, la Documenta de Kassel. Y hasta esa ciudad en el centro de Alemania viajé con Sonia Abián desde Barcelona. Ella participaba como artista invitada en la muestra con su obra “El campo de concentración del amor”. Un delicado mueble al que le instalé un reproductor de audio que emitía, desde una gaveta, una canción titulada Love lager, grabada por los cantantes Corina Piatti y Elvis Wankwi, que compuse intentando,  a través de la letra y la música, invocar el concepto de la obra en la que, según el catálogo oficial de la muestra alemana, “belleza y terror aparecen en incómoda cercanía”. Cierto, el rostro de quienes recorrían las salas de exposición y se detenían ante este artificio enchapado en madera de cedro expresaba muecas, distinguidamente disimuladas, de aturdimiento e inquietud. Quizás algunas mujeres del público fueron raptadas por faunos y arrastradas a trabajar en maquilas centroamericanas. Puede también que varios hombres emergieran de improviso en un burdel de prisioneras luciendo un uniforme nazi. No puedo asegurar nada. Al menos nadie concretó ninguna denuncia por desaparición forzada de personas.

La recepción a los artistas de la Documenta 12 tuvo lugar en la Ballhaus del Castillo de Wilhelmshoehe. En la página 11 de Kitschfilm describo esta mansión con detalles que no valen la pena reiterar ahora. Sí, cabe rescatar un episodio que no figura en el libro. Ese año en Kassel, además de Ferrán Adriá coincidimos con otro personaje, también difícil de definir entre tanto artista conceptual, hermético y santificado. La noche de bienvenida flotaba en el aire la consigna de la muestra, “¿es la modernidad nuestra antigüedad?”. Interpelación a la que Sonia y yo respondimos brindando con León Ferrari. Motivos no nos faltaban: por reencontrarnos tres años después de la muestra Ex Argentina en el Ludwig Museum de Colonia, porque esta vez el clima era más benigno, porque le admirábamos y por los loros pintados en las paredes del salón rococó de la Ballhaus. Entre choque de copas, Ferrari nos contaba sobre las ilustraciones que realizó para poemas de Rafael Alberti y me brotaba, en plan kitschfilm borde: “¡Uhhh, que casualidad! Al español yo lo conocí a mediados de los setenta en Roma”. Disimularon mi desafinación las risas cuando recordamos el escándalo que se armó en Colonia con su obra de las palomas enjauladas. Una y otra vez se acercaba una camarera con una bandeja colmada de espumante sekt y nos sentíamos con la obligación de aligerar su carga.

FERRARI

No volvimos a encontrarnos con León Ferrari, unos seis años después murió siendo considerado uno de los artistas nacidos en Argentina que mayor marca insurrecta legó. Su sonrisa irónica también dejó una pequeña huella en Kitschfilm.

 

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