La mártir anarquista del lago Ypacaraí

LENINA IMAGEN OK

Berta, la costurera que inspira en Kitschfilm un romance frustrado con Florian Magnus, resultó un personaje que se esfuma sin dejar muchos rastros. Sin embargo su historia tiene continuidad conectada con la vida de su prima, Lenina Goldman. Como no fue posible confirmar con certeza que fuera pariente de la famosa anarcofeminista Emma Goldman, esta mujer también quedó fuera del libro. Conjuramos en esta entrada su fantasma atormentado.

Berta puede que haya encarnado en Praga, su prima, “La Negra” Lenina, nació en Buenos Aires, más precisamente en el barrio de Villa Crespo. Se crio entre polacos y lituanos jugando con su sombra en el sótano de la sastrería familiar, una tradición obedecida en ambos continentes. Cuando Perón subió a la cañonera, “La Negra” Lenina supo que era el momento exacto para abandonar la casita de la calle Juan B. Justo, paraíso anarquista administrado por sus padres: la paraguaya Doralicia y el ruso Goldman.

“La Negra” Lenina viajó en tren hasta Mar del Plata y consiguió trabajo como sirvienta en un hotelucho del centro con nutrida clientela de viajantes y turistas de fin de semana largo. Limpiaba habitaciones, lavaba ropa, planchaba, cocinaba y por las noches intentaba traducir al guaraní algunos párrafos de Bakhunin y Kropotkin. Una promesa ilusoria que le hizo a su mama antes de ahuecar el ala. Fragmentos incoherentes, garabateados antes de que, agotada, los ojos se le cerraran. Ninguna de estas páginas sobrevivió al tiempo y las fatalidades.

“La Negra” Lenina hizo honor a la fuerza de la raza y heredó de su madre, Doralicia Portiño Centurión, los rasgos más puros. No obstante la mezcla de sus pómulos bien paraguayos sumados a esa tozudez de “rusita” insolente que le fuera incrustada por don Aarón Goldman, la sentenciaron de inmediato a tener problemas con la policía de la “Revolución Libertadora”.

Renato Pignataro, el dueño de la pensión de Mar del Plata, era un italiano feroz y maloliente. Rosita, su esposa, no lo soportaba más y Sandro Paniagua, el fontanero que destapaba los inodoros de los baños, era el amante que había logrado, por primera vez en la vida de la sufrida Rosita, generarle un orgasmo olímpico. Renato Pignataro murió sin darse cuenta cuando se reventó la cabeza contra el piso del foso del ascensor. Años de haber trajinado hoteles permitieron a Sandro Paniagua lograr que el tano abriera el ascensor en el tercer piso y, mientras creía que daba un paso hacia el interior del elevador, se precipitaba al vacío en caída libre. “La Negra” Lenina vio al Sandro falsear el seguro de la puerta corrediza. Cuando llegó la policía, los amantes asesinos le endosaron el crimen a ella.

Sandro declaró que había descubierto a la sirvienta con la cabeza entre las piernas de don Pignataro sobre las bolsas de basura en el patio trasero, y Rosita dijo que tenía ideas raras y lo había engualichado a su querido esposo. A la acusación de la viuda y el Sandro se sumó que era media india, que escondía debajo del colchón libros escritos en otro idioma (puede que fuera alemán o ruso) y un documento que la bautizaba Lenina Goldman. Fue más que suficiente, el comisario Panetta decidió incomunicarla en el calabozo unos días hasta que se declarara culpable. Un par de noches, o una semana más tarde, Panetta ya no quiso saber más nada con Lenina Goldman. Nunca logró más que una erección fofa, sólo gozaba viéndola atragantarse con esa mezcla de lágrimas y flema y abrir la boca intentando respirar desesperadamente para volver a boquear con los ojos abiertos como dos bolas de fuego blanco. Cuando la alzaba de los pelos y a rebencazos desde el rincón donde se acurrucaba, se calentaba un poco, no mucho más. Entonces, mientras la muchacha emigraba a su infancia con la mama Doralicia y escuchaba la voz de Luis Alberto del Paraná cantando en la radio: “una noche tibia nos conocimos junto al lago azul de Ypacaraí…”, el verdugo del sur aullaba: – ¡Confesá florcita del lago Ñandutí!

               Las últimas palabras de “La Negra” Lenina antes de morir fueron:

              – Hijo de puta… se le dice Ypacaraí.

(Imagen, fragmento dibujo de Luis Scafati)

 

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