La culpa de todo la tuvieron los mexicanos

Puede que Kitschfilm comenzara a propagarse por defecto en el Estado de Donanibal,  una zona casi suburbana de la ciudad hasta donde habían emigrado sólo algunos pocos aventureros. Ya no quedan más que ruinas. Es mentira que los despojos de antiguas culturas se alzan altivos en la profundidad de los desiertos o las selvas, minga de dignidad. Lo corrompido es una mierda, literalmente. Esa escena del poeta atormentado que desentierra a su amada, para abrazarla y besarla es una inmundicia. La novia del tarado es un montón de huesos que chorrean una gelatina verde que apesta a podrido. Por eso dejaré bien claro en mi testamento que me incineren. No porque a nadie se le vaya ocurrir exhumar mis restos para jugar al Ludo Matic con mi esqueleto bajo la luz de la luna, sino por el tema del mal olor. Por nada me dan arcadas. Los habitantes de Donanibal fueron como esa niña del cuento de García Márquez, bella cuando vivía, un cadáver seco hoy.

Por aquellos años, nadie había registrado en el padrón de palabras humanísticas, términos como “diversidad” o “interculturalidad”, simplemente se vivía uno al lado del otro, hermanados por un olor placentero. No era un aroma a pino porque un bosque de coníferas rodeara el lugar, tampoco a lavanda porque campos de estas flores asomaran en el horizonte, y menos a marihuana porque los donanibaleros cultivaran plantas de cáñamo. Era un perfume a pigmentos de diferentes colores. Algunas personas olían a rojo, otras a negro, muchas a verde y unas pocas a gris.

Viví diez años de mi vida en las tierras de Donanibal y tuve un montón de camaradas y amigas. Hoy me dirían que aquellos fueron tiempos de multiculturalismo, yo ni me di cuenta. Mis vecinos eran de muy diferentes etnias y orígenes, aquel rincón de la ciudad fue un Silicon Valley sin computadoras ni startups. Un lugar muy pequeño, como uno de esos estados que se inventan de la nada sobre una plataforma petrolera abandonada en el Océano Pacífico. Medía menos de cien metros de largo, tomando como mojón cero la puerta de mi casa. Pero en un lugar tan abreviado, pasaba de todo. Muchos tipos rubios volaban y protegían el planeta, unos indios sioux cazaban dinosaurios, un par de perros se comunicaban con los humanos telepáticamente, un caballo hablaba y cantaba con voz de tenor, un gato y un ratón se cagaban a puteadas, decenas de jinetes se enfrentaban a tiro limpio y hasta había uno que decía que era el rey de los monos. Todos tenían el mismo olor, a tinta y papel barato.

DONANIBAL PARA SUBIR

El Estado de Donanibal hoy.

Si la memoria no me falla todo esto ocurría por 1960 más o menos. Yo tendría unos ocho años y me cruzaba con toda esta gente a diario cuando iba hasta la esquina de mi calle y la avenida Directorio, y en el quiosco de don Aníbal  me compraba una revista mexicana. No me interesaban las golosinas y los refrescos, sólo las revistas de la editorial Novaro. Tampoco me preocupaba que la industria nacional de la historieta se fuera a pique porque la importación de estas publicaciones fue masiva, a menor precio, la televisión se popularizaba, los mejores dibujantes argentinos partían a Europa, Kennedy imponía la Alianza para el Progreso y el presidente Frondizi, jaqueado por los militares, metía presos a comunistas y peronistas con el Plan Conintes.

Del Estado de Donanibal se salía solamente los fines de semana, llevándolo bajo el brazo y para el lado del Parque Lezica. Hay pruebas.

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