“Hemos venido a bailar y a pasarlo bien”

Cuaderno blanco

Con los recursos de producción abastecidos por la familia de la madre que nos parió, el barrio de nuestra adolescencia o la época en la que nos tocó intentar ser adultos, uno se puede crear un Kitschfilm a medida. Ejemplo. En 1932 Adolf Neunteufel, “Nueve diablos” en alemán, con una mochila, un fusil y un carnet del partido nazi emigra desde Austria hasta el Alto Paraná, tierras del Paraguay que limitan con Brasil y Argentina. Durante ocho años se busca la vida cazando y despachando hacia museos y zoológicos europeos miles de animales vivos, embalsamados o desollados. También estudia y clasifica los pájaros de la región, referencia científica hasta el día de hoy. Se casa con una hija de colonos alemanes, iniciada la Segunda Guerra Mundial regresa ilusionado a Europa. Se alista en la Wehrmacht. En 1945 deserta y, con su mujer y dos hijos, retorna al Alto Paraná como apátrida. Subsiste reencarnado en el “pintor de la naturaleza” vendiendo cuados naif por lo que le dan. Con su familia malvive en un lanchón amarrado en el puerto de la ciudad de Posadas.

A mediados de 2007, en una librería de viejo en la ciudad de Kassel, es encontrado un libro: Yasí-yateré. Acht Jahre Tierfang und Jagd im Urwald von Paraguay (Yasí-yateré. Ocho años de captura y caza de animales en la selva de Paraguay), la primera edición de 1941 publicada por la famosa editorial Brockhaus, enterrada en el pasado y nunca traducida al español. El autor, Adolf Neunteufel.

Siete años después, quienes hallan aquel libro perdido, localizan a orillas del río Paraná, a los dos hijos de Neunteufel y desempolvan un álbum con fotos del ornitólogo durante la Segunda Guerra Mundial. Investigan tres años en Sudamérica y Europa. Documentos, traducciones, cartas y testimonios giran en cronoloop. Escenas editadas a machetazos de un Kitschfilm rodado en las Cataratas del Iguazú, mucho antes que Armando Bó llegara con Isabel Sarli y su cámara al hombro.

Hacia el año 2014, con toda esta dramaturgia y decorados bocetados dentro de un cuaderno blanco me decidí ¿a ordenar? un guion definitivo. No logré elegir un género literario en particular para definir los textos que iban asomando, por eso no fui más allá de una palabra, “proyecto”. Término que desde, más o menos, finales de los años ochenta ha servido para titular todo tipo de afanes particulares inventados para obtener dinero público a cambio de promesas dibujadas dentro de un marco lógico.

“Yo aceptaba una realidad más grande, más elástica, más expandida, donde entraba todo”, dijo Cortázar por 1980 durante un curso universitario en California. Para mí, con esto ya era suficiente. Entonces abrí el cuaderno blanco.

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