Enchamigarse

BALDIO

Me sentí muy triste cuando escribí en Kitschfilm que Rolf, el hijo de Neunteufel, dice que “vivir en un lanchón en el puerto no es lo mismo que tener una casa, aunque sea chica, pero en un terrenito propio” (página 123). Hace muchos años que voy y vengo entre Posadas y Barcelona. Cuando estoy a orillas del río Paraná puteo por el calor, los mosquitos, los cortes de luz y porque me quedo sin Internet. Cuando toca Mediterráneo con turistas que sólo quieren sacarse una selfie en la Sagrada Familia o carteristas que roban a los mismos turistas de la selfie en el metro, también me la paso puteando.

Acabo de regresar de Posadas, presentamos Kitschfilm y busqué la casilla en la costa  donde encontré a los hijos de Neunteufel en el año 2014. Sólo localicé un terreno baldío en venta. Se habían cargado las viviendas, un matorral prosperaba insubordinado y sólo sobrevivía una tapia del rancho donde conocí a Rolf y Günther. Ni rastros de la vieja que les alquilaba, ni del perro lobo de los cojones obsesionado con mis tobillos. Hoy esas tierras frente al río tienen precios muy altos. El negociado de una costanera acromegálica y napoleónica aumentó el valor de una ribera históricamente relegada como suburbio del pobrerío.

Antes de regresar a Barcelona compartí el ritual pagano de toda despedida (también pertinente para celebrar bienvenidas, estadías o lo que sea): asar unos cuantos quilos de carne sobre un altar de brasas y ascuas trepidantes. Joaquín ofició de sumo sacerdote asador y celebramos la ceremonia caníbal: Gervasio, Erika, Gricelda, Pablo, Tania, Café, Ceci, Richard, Azul, Sonia, el Theo y Dallas (los canes adoradores de huesos) codo a codo con el Ohio y Kinoto (los felinos beatíficos), faltó Laura. Como en toda santa misa se honró reverentemente el vino bendito y la cerveza artesanal del Negro Gutiérrez. A los postres se entonaron cánticos solemnes (varias zambas, unos cuantos chamameces y alguna chacarera). También tuvo lugar una exégesis sobre ciertas etimologías regionales relacionadas con el culto de la amistad. “Chamigo” y “chamiga” fue la conjunción de origen guaraní (Che – amigo: Mi amigo) que circuló entre el grupo durante toda la noche. Y Richard, el filólogo de la velada, aportó una variante poco conocida: “enchamigarse”, amigarse (tal vez “enrollarse” por las tierras ibéricas).

Este oficio agnóstico de la amistad se honró a la luz de un satélite gordo, plateado y tropical bajo un palio obsceno de güembés y enredaderas centenarias. Escribo esta entrada en el blog y recuerdo otra frase de Kitschfilm, dice Neunteufel (página 124): “aquel que ha experimentado esas maravillosas noches cálidas de luna llena al lado de una fogata humeante bajo las palmeras ondulando suavemente, que ha escuchado con todos sus sentidos abiertos la sinfonía indescriptible de las voces de la selva… esa persona ama este país y una y otra vez necesita regresar…”  Miro la foto del terreno baldío donde pasaron sus últimos días los hijos de Neunteufel, me ronda la palabra “enchamigarse”… “Vivir en un lanchón en el puerto no es lo mismo que tener una casa, aunque sea chica, pero en un terrenito propio”.

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