El poliamor de Burt Lancaster, Isabel Sarli y Jonathan Littell

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En Kitschfilm el agua es un factor reincidente en la dramaturgia del libro. Es lógico porque la acción sucede en el acuífero guaraní, la reserva hídrica subterránea más grande del planeta (recemos para que Trump mire hacia otro lado). Dos estrellas cinematográficas (Kitschfilm también va de esto pero sin Trump) especialistas en eso de zambullirse en ríos y piscinas fueron conjuradas. En la página 19 el galán norteamericano Burt Lancaster como protagonista de la película de culto El nadador y, ya en la 133, Isabel Sarli, actriz argentina cuyas escenas bañándose desnuda en arroyos y ríos del Alto Paraná son íconos culturales de la humedad erótica de América Latina.

Bien podría haber escrito algún capítulo donde Lancaster y la Sarli se cruzan nadando en un escenario acuático, de allí a sumergirlos en un tórrido romance hubiera bastado con forzar un poco unas simples coordenadas geográficas. Uno viene braceando desde Connecticut y la otra por el río Paraná y de golpe, colisionan. Claro, es difícil mirar para adelante con la cabeza bajo el agua. En medio del torrente embravecido de las Cataratas del Iguazú los dos se abrazan para mantenerse a flote, y uno ya sabe cómo es eso de la piel mojada, la lubricación muscular, la humectación de las turgencias, los roces jugosos, una cosa trae la otra…

Hasta aquí la alegoría del encuentro intercultural entre el tiburón yanqui y la Yemanyá sudamericana podría haber funcionado muy bien. Es más, me senté frente al ordenador para escribir un post con este spin off, pero cuando estaba concentrado en la escena bajo las cascadas, se filtró en la acción Jonathan Littell. Resulta que el escritor franco-estadounidense también tuvo que ver con el montaje de Kitschfilm, porque su libro Las Benévolas formó parte de la bibliografía que consulté para documentarme oportunamente. El tipo asoma sin cita previa por mi casa con su nueva novela bajo el brazo y no le podía decir que se fuera porque estaba ocupado con Burt Lancaster e Isabel Sarli. Además en Barcelona no paraba de llover, era otoño, llegó apenas vestido con un short de baño, estaba empapado y cagado de frío. Lo hice pasar y le presté un toallón, le grité a mi pareja de nadadores que enseguida volvía y me puse a leer Una vieja historia. Tal el título de su anhelado regreso, luego del exitazo del primer best seller bendecido nada menos que con el premio Goncourt.

Fui pasando una tras otras las páginas y obsesivamente se reiteraban descripciones de genitales colgando, abriéndose, inflamados y empinados. Unas irrigaciones vasodilatadoras que, si fuera mi caso, me habrían granjeado el beneplácito del urólogo. Agotadora maratón coital (aparentemente sin colaboración de la pastillita azul pero con bastante cocaína esnifada) que siempre queda en familia, porque los personajes parecer ser los mismos en constante rotación de género. El narrador muta como hombre, mujer, transexual, hermafrodita, homosexual, lesbiana, una especie de G20 del movimiento LGBTQIA y lo que pueda sumarse. Se me hizo que en vez de un libro en la mano, tenía un falo con teclas que activaba como un control remoto haciendo zapping por decenas de plataformas porno en la Deep web.

La acción comienza (igual que Burt Lancaster e Isabel Sarli) con el relator zambulléndose en una pileta de natación y cada secuencia termina y vuelve a resetearse con el mismo sujeto corriendo en chándal por un pasillo, topándose con un “objeto reluciente” que resulta ser el pomo de una puerta, abriéndola y… vuelta a contar otra gimnasia sexual diferente. Unas prácticas donde la descripción anatómica y fisiológica es ineludible, notándose (a pesar de la poco confiable traducción) que Littell se esforzó por burilar su prosa, refinando sustantivos, adjetivos y elipsis. Pero una palabra se repite tanto que logra caricaturizar las representaciones voluptuosas: riñones. De por si en español suena fatal, quizás en el original (ignoro si el libro fue escrito en inglés o francés) podría ser “kidneys” o “reins”, al menos unos morfemas con menos hedor. Suenan como “huevitos kínder” o “Reis mags” (Reyes magos en catalán). Una y otra vez leo: “se subió el vestido hasta los riñones”, “meneaba los riñones de forma espasmódica”, “después de haberle ceñido a los riñones un arnés de cuero”… Suficiente, esto lo pueden leer menores de edad.

Embutidas entre las trescientas cuatro páginas del libro se pueden encontrar algunas circunstancias que bien Littell apuntó durante sus años de voluntariado en Bosnia, algunas líneas sobre nazis aniquilando prisioneros que tal vez no entraron en Las benévolas, crónicas de reportero de guerra en Medio Oriente o infiltrado en el narco mexicano y también antiguas memorias de cosacos masacrando en la Lituania ancestral. Puede que sí, puede que no. No priman en Una vieja historia emociones, precisiones, citas, pistas, sentimentalismos ni nada que pueda sugerir algún tipo de afectividad. Littell es melómano y en este libro cohabita el ritmo y la repetición, es como un solo de batería de Ginger Baker acompañando una sesión de canto gregoriano. Pero todos en bolas.

Llegué a la última página, levanté la vista y reparé que en mi estudio no había ningún escritor en short de baño, me asomé a la pantalla del ordenador y allí estaban: Burt Lancaster, Isabel Sarli y Jonathan Littell retozando en las Cataratas del Iguazú. Los dos nadadores gringos, sujetándola por los “riñones”, enseñaban como hacer la plancha a la bañista nativa. Pero ella se mantenía a flote por si misma, tal como relato en Kitschfilm, por voluntad de sus tetas monumentales. Para no desilusionarlos, Isabel prefería seguir recostada sobre el agua con sus brazos enlazando los hombros de Lancaster y Littell.

2 comentarios en “El poliamor de Burt Lancaster, Isabel Sarli y Jonathan Littell

  1. Fue a comienzos de este año cuando un amigo, escritor y gestor del área de cultura nacional, me dijo de encontrarnos en el Bar de la Poesía en pleno San Telmo (había viajado a Baires por unos días). Literales, hablamos de libros y demás. No se bien cómo salió el tema pero en un momento dijo, como al pasar: “es como el cuento de John Cheever, el tipo que quiere regresar a su casa nadando.” Un alerta, algo así cómo un rojo danger, se iluminó en mi mente. Ahí nomás le repregunté por el cuento y cuando ya nos despedíamos volví a la carga. Sabe uno que a esta edad – sino se pregunta muchas veces – lo hablado se pierde en un tumultuoso vacío apenas unos minutos después de haber escuchado esa palabra, ese título, aquella peli o el nombre de una bella mujer que se ha cruzado y amablemente nos lo donó. La cuestión es que, a la manera de Neddy Merrill, me zambullí no sólo en la lectura del cuento sino también en la figura de John Cheever y las múltiples interpretaciones que se publicaron del cuento en videos o textos en internet. Me bajé la cuarta temporada de Seinfeld donde Kramer con sus cigarros cubanos incendia la cabaña del padre de Susan y lo único que puede rescatarse son unas sugerentes cartas de amor del escritor. También, por supuesto, que descargué la peli con Burt Lancaster. Pero todavía, por alguna razón o sinrazón, no la ví. Cuando comencé con la lectura de Kitschfilm la mención a The Swimmer volvió a encender aquel danger-danger. Ahora mismo veo el libro con la correspondiente marca (la punta de la página doblada) en la página 19. Pensé (pienso) que tanto Neunteufel como Merrill son una suerte de personajes que encarnan la metáfora de vivir en un mundo que se despedaza, y en ese nadar, en ese seguir en el camino, se desgarra el cuerpo y la conciencia. ¿Quienes son Merrill y Neuntefel? ¿Cuantas personas son en realidad? Nosotros:¿somos uno? En fin, si la Coca Sarli, en una de estas calientes siestas misioneras me donara su nombre, estoy seguro que no lo olvidaría.

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    1. La película de Burt Lancaster la vi hace años, como bien decís, si no apunté “cuando” imposible recordar alguna precisión ahora. Decidí mencionarla creo que por dos motivos. Uno fue la imagen de alguien (o algunos) que evoluciona en un tiempo cíclico. Existe una cartografía de las piscinas que recorre el protagonista dentro de una urbanización más o menos cerrada. Y otro el paralelismo de abrir picadas en el monte para llegar ¿a dónde? Si luego habrá que volver a seguir macheteando. Como nos toca en nuestras vidas-laberinto. De todos modos cuando leí el libro de Littell pensé de inmediato no sólo en la semejanza del recurso hídrico, sino en la descomposición social que ambas narraciones plantean. Y no cabe pegarle al Littell, el tipo es un melómano consumado y todos somos los “Salieris de Charly”. Cuántas canciones populares fueron compuestas a partir de unos pocos compases del aria de una ópera y viceversa.

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