Dulzura sobrenatural

BERTA

Comenzó la reconquista y la contra reforma. Todo junto en un mismo combo, como en la “cajita feliz” de McDonald’s. Pero esta vez la resistencia no la lideran sólo héroes masculinos estoicos y singulares que congregan tras de sí a otros bravos hombres, sino también oleadas plurales de mujeres que toman las calles a grito pelado. Estas damas “sacadas” a las que se les ocurrió denunciar a violadores blindados, exigir derecho al aborto y que se besan en la boca en parques y avenidas a la vista de todo el mundo, creo que en realidad fueron el detonante para que la ultraderecha llegue al poder. La manada (v.gr. “la monada”) entró en pánico. Total a los subsaharianos los entreteníamos vendiendo en el top manta y el paro lo íbamos llevando, pero estas locas metieron miedo en serio. Había que hacer algo y cortar por lo sano con eso de lavar los platos y limpiar el baño…

No vamos a darle más vueltas con prefijos sedativos, lo que hoy repta por el mundo es fascismo sin “neo” que valga. Y revivió con una cepa más fuerte que en el siglo XX: brota en cualquier continente y las camisas ya no se venden en los exclusivos colores negro o pardo. Por lo tanto rescato a Berta, un personaje de Kitschfilm que atraviesa el artefacto literario como un alma en pena. Podría haber sido una víctima más de la picadora de carne de los totalitarismos europeos durante la época que lidió Neunteufel. No queda claro cuál es su origen, pero sí que vivió en Praga. ¿Por qué no imaginé a Berta como una mujer eslava? Escritos de mujeres desde el sitio de Leningrado de Cynthia Simmons y Nina Perlina fue otro de los textos que consulté para ambientar Kitschfilm. Entonces Berta deambularía por el libro con un aura de angustia memorialista y una infinita capacidad para sufrir. En 1933 Roberto Arlt escribe: “¿Y qué historia de la revolución rusa no tiene una madre? Encadenadas fueron llevadas a la Siberia; debían declarar contra los hijos bajo el látigo, y los que quedaron no las olvidaron más. De allí esos retratos conmovedores, saturados de dulzura sobrenatural, y que sólo sabían llorar, silenciosamente ¡tanto les habían torturado a los hijos!”.

Después de leer esto pienso que los rusos de antes tenían una honorable reputación atormentada. Pero los Jodorkovski, Putin, Potanin y Usmánov del siglo XXI… no sirven más que para figurantes de una película de Van Damme. Pero no, se me ocurrió que Berta fuera enérgica, segura de sí misma e independiente. Luego de un breve atisbo de romance con Florian Magnus, desaparece. Hubiera preferido prolongar su historia, pero la edición final fue implacable con ella. Para mí, Berta representa el espíritu de ese Imperio austrohúngaro que se descose cuando Neunteufel ajetrea su niñez en Austria y aún forma parte de un conglomerado étnico donde culturas y lenguas convivían en una armonía encorsetada, pero ferozmente creativa. Hasta hoy, conversaba los otros días con un amigo que vive en Moscú, cuando se publica alguna obra rescatada o reeditada de Kafka, Gombrowicz, Hasek, Jelinek o Kertesz es una fiesta. El mundo de ayer escribiría Stefan Zweig antes de suicidarse. Extraño a Berta, mi personaje favorito, la traicioné en Kitschfilm.

La familia de Berta era muy grande y cuando iban de picnic a los bosques desplegaban como manteles para comer, las banderas de varios reinos. Muchos abuelos eran cristianos, bastantes sobrinos protestantes u ortodoxos y numerosas primas judías. La misma aleación de credos y linajes se remontaba hasta las cuadriabuelas. En Kitschfilm la mayoría de los personajes y situaciones conectan con la Mitteleuropa. Austria, Alemania, Checoeslovaquia, Croacia, Polonia. Pero también se cuelan algunos rusos, todos estos pueblos son ineludibles porque poblaron el Alto Paraná.

Berta nutre su carácter con deseos. Algunos sugieren unas tendencias asesinas, juega a escondidas en su cuarto con un pequeño teatro de papel (un papiertheater) y muñequitos que representan a la familia. El pasatiempo termina con papá, mamá y el hermano muertos por envenenamiento. Otras ilusiones la transportan hasta “fábricas de felicidad” donde se crean pájaros y plantas de oro. Objetos que Berta fantasea recibir como regalos maravillosos desde un mundo lejano y desconocido. Quizás ella logró cumplir todos estos sueños y emigró de su Mitteleuropa en llamas hasta el Alto Paraná. Puede que no.

Si debo revelar quien influyó cuando intenté modelar el temple de Berta, creo que fue Yelena Petrovna. Esta mujer, protagonista del cuento En Kislovodsk de Vasili Grossman, es la esposa de un médico ruso que disfruta de una vida acomodada en un opulento balneario para funcionarios soviéticos. Este bienestar se quiebra cuando llegan los alemanes. Pero la pareja no huye porque detesta separarse de su lujoso mobiliario, vajillas de cristal y mullidas alfombras. El nudo dramático se tensa cuando al elegante doctor un oficial de la Gestapo le ordena despachar fuera del hospital y asesinar a todos sus enfermos y convalecientes. Grossman remata el relato con una escena donde adiviné a mi Berta en acción. Luego del encuentro con el nazi, el médico regresa a casa y disfruta una cena con caviar y vino con su esposa Yelena. Ambos, vestidos de gala, brindan, bailan, besan los hermosos objetos que los rodean, el hombre abre un armario y entonces la mujer le ordena: “-¡Y ahora dame veneno como a una perra rabiosa y envenénate tú también!”.

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