Civilización o barbarie

La-danza-del-Gohut

Kitschfilm viaja a bordo de un transbordador que tiene su rampa de lanzamiento en Málaga. Pero efectúa paradas para repostar combustible en diferentes galaxias. Ediciones El Transbordador el pasado miércoles 26 de septiembre, aterrizó en Barcelona en la librería Gigamesh con una nueva publicación: La danza del gohut. Pilotearon la nave su autor Ferran Varela y el copiloto Víctor Guisado. Fue inevitable que el equipo de ingenieros de mantenimiento de la aerolínea Kitschfilm se hiciera con un ejemplar y se lo leyera de un tirón. Como siempre, escondidos en la bodega bebiéndose los botellines de JB del frigobar.

La danza del gohut es puro destilado de literatura fantástica dirán las reseñas. También alabarán el trabajo del autor por diseñar ciudades e idiomas imposibles de ubicar en ninguna enciclopedia, ni en la Espasa y menos aún en la Brockhaus. Unos encontrarán ráfagas de viento de algún capítulo de Juego de Tronos o de El cuento de la criada, otros (como los aeronautas de Kitschfilm) verán formaciones de nubes que escriben en el aire turbulencias afines con Las venas abiertas de América Latina de Galeano. O, más precisamente, con las tradicionales “campañas al desierto” (desde el siglo XV hasta el siglo XX) para alejar la línea de frontera entre conquistadores y bárbaros. El eterno fraude binario de la ecuación “civilización o barbarie”, que siempre culminó en un genocidio aborigen.

Otras reverberaciones también sugieren un tema muy incómodo, el de la “cautiva rescatada”. En este caso con la carga de género invertida. Mariano Villareal, prologuista de La danza del gohut, alude a dos certeros ejemplos cinematográficos: Un hombre llamado caballo y Bailando con lobos. En la carlinga de Kitschfilm se debatió sobre el lado más oscuro de esta cuestión, la secuestrada que cuando es recuperada y restituida a su mundo blanco e ilustrado se manifiesta alienada y rechaza reintegrarse. Entonces sobre el linaje eurocéntrico y criollo, cae la peor de las profecías auto cumplidas, el oprobio social. Poco importaban los sentimientos y huracanes emocionales del sujeto en cuestión, sino la merma de prestigio familiar en la corte pequeño burguesa de las colonias. En este caso es un varón, que para rizar el rizo, fascina a una mujer de casta menor pero natural de la clase que ejerce el poder. Doble ultraje. La mazmorra de Gerrin (el humano mutado en gohut) siempre existirá. En plan cotilleo estilo Boris Izaguirre, cuentan las malas lenguas que un inefable coiffeur de Buenos Aires mantenía oculta en una habitación cerrada en los fondos del “salón de belleza” a su madre (¿viva o embalsamada?) porque, si la hubieran visto las clientas rubias y platinadas, se habría delatado su origen indígena. (¿Hitchcock fue bisnieto de Toro Sentado?)

Hace pocas semanas subimos al blog de Kitschfilm una referencia sobre una de las últimas novelas de Mariana Enriquez, Este es el mar. Breve, directa, letal. No la reseña sino la obra de Enriquez, porque a los choferes de Kitschfilm les gusta hablar durante horas con los pasajeros. La danza del gohut tiene ese flow, afín a una mini serie de Netflix, no más de siete capítulos que se han ganado segunda temporada.

Cautivo, cautivar, abducir, extasiado… La raíz “kap” también remite a cazar, y se nos cuela Adolf Neunteufel. El cazador cautivado por una geografía. Quizás Neunteufel y Gerrin son las dos caras de una misma moneda. “Todo se reduce a saber si uno tiene miedo de ser mordido o miedo a morder. Una vez que esto queda claro todo lo demás no importa”. (Kitschfilm, página 127).

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