Ceci n’est pas une pipe

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La foto no tiene buena calidad porque me llegó, ilustrando un chat, por Facebook. Es la caja donde Adolf Neunteufel guardaba sus pomos de óleo y pinceles. También atesora su pipa. Los pintores no suelen conservar sus enseres de trabajo como, por ejemplo, un médico ordena su estetoscopio y jeringas dentro de un maletín de cuero pasteurizado. Menos aún como un relojero acomoda en su estuche laqueado el compás de engranajes y sus destornilladores milimétricos o un torturador profesional dispone sus alicates y tenazas, uno al lado del otro en una funda de caucho embetunado. No, las cajas de los pintores son un amasijo de potes chorreantes y brochas empastadas. Y da lo mismo si en esa maleta enmarañada hay una pipa, seguro sudando hebras de tabaco seco. Porque ya sabemos que los pintores fueron bohemios, alcohólicos, pendencieros y mujeriegos. Es que eran unos genios incomprendidos. Con las mujeres sucedió algo diferente, enloquecían de amor, morían olvidadas en un hospicio, se suicidaban en el mar o pintaban en privado. A ellas les estaba negada la genialidad, bastante tenían con ser las musas que le cebaban mate al genio.

Estos objetos de Adolf Neunteufel, junto con algunos bocetos y otras cosas más fueron legados a un amigo. Estas cesiones, casi siempre sin ningún valor material y al borde de la muerte, encierran un mensaje de agradecimiento. Y en estos casos el heredero suele conservar en un altillo el regalo o donarlo a algún museo que lo archiva en un sótano húmedo, habiendo sido antes asentado en un bibliorato el protocolo de recepción por alguien muy parecido a Bartleby. Nada más.

Las valijas o paquetes que durante años ocultaron fotografías o carretes sin revelar, y que un buen día fueron rescatadas bajo el piso de un altillo, hoy cotizan muy bien en el mercado del bricolaje memorialista, las cajas de pintores no le interesan a nadie. Sin embargo, muy distinta puede resultar la historia si perteneció, supongamos a Adolf Hitler o Joaquín Sorolla. En estos casos entran en acción coleccionistas de dragones embalsamados, traficantes de netsukes o familiares que se asesinan unos a otros por llegar antes a Sotheby´s o al cash converters del barrio para objetivar la nostalgia simbólica.

En varios capítulos de Kitschfilm se cuenta como Adolf Neunteufel se ganó la vida, durante varios años, vendiendo cuadros naif. Una producción fecunda, impulsada por la necesidad y compensada por la generosidad de algunos mecenas discretos. Uno de ellos me envió esta foto de la caja con pomos de óleo, pinceles y su pipa.

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